Texto: Ángel Andújar, OSA
Música: A new day. Mixaund
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra».
Un tesoro escondido
Seguramente todos hemos visto alguna película o leído algún libro de aventuras que versa sobre la búsqueda de un tesoro escondido. Nuestra capacidad creativa se sirve de relatos figurados para expresar lo que más anhelamos en las profundidades de nuestro ser. De este modo, expresamos mediante historias tangibles las inquietudes que tenemos.
En las películas, el tesoro normalmente tiene que ver con riquezas: oro, joyas, grandes sumas de dinero… ¿A quién no le gustaría ser el protagonista de ese hallazgo que aparentemente cambia la vida?
Jesús nos dice que el Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. Pero él no nos habla de algo material, sino de los tesoros de la vida cotidiana, que son más sencillos y que, sin embargo, son los que nos pueden hacer tocar la verdadera felicidad. Tener una familia en la que uno se sienta acogido y acompañado es un tesoro; vivir relaciones de amor y respeto es un tesoro; gozar de buena salud es un tesoro; tener un empleo digno es un tesoro… Pero hay algo más; de esta parábola del tesoro escondido surgen tres preguntas que todos debemos hacernos.
En primer lugar, ¿cuál es mi tesoro? Hay quien piensa que ha tenido muy mala suerte en la vida y no le ha tocado nada valioso. Craso error; todas las personas tenemos algo muy valioso que poner en juego. Otra cosa es que sepamos discernir qué es lo que da sentido a la propia existencia.
La segunda pregunta es aún más importante: ¿puedo afirmar que la fe es un tesoro para mí? Esta cuestión tiene que ver con el lugar que doy a la fe en mi vida. Lo que consideramos valioso lo cultivamos, lo cuidamos… Por el contrario, lo que no vemos como un tesoro, o mejor dicho como el tesoro de mi vida, tratamos de arrinconarlo para que no nos incordie demasiado. ¿Es la fe algo nuclear, esencial, en mi vida?
La tercera y última cuestión es una prolongación de la anterior: ¿qué tipo de fe tengo? Sabemos que se puede tener una fe de cumplimiento, una fe crédula más próxima a la magia y la superstición que al evangelio, una fe para algunos momentos de la semana o de la vida… Pero esos tipos de fe no tienen mucha relación con ese tesoro escondido. Una fe auténtica, que se convierte en el auténtico valor de la existencia, aparece cuando pasamos de “creer en algo” a “poner la vida en manos de alguien”. Esa experiencia de encuentro con el Dios de Jesucristo nos cambia la vida y nos llena de alegría, hasta tal punto que por el Reino seremos capaces de “vender todo lo que tenemos” para poder adquirir ese campo donde está nuestro auténtico y único tesoro. Y entonces sí, nos comprometeremos con todas nuestras energías por el Reino de Dios.