Evangelio
Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

Escrito el 03/08/2025
Agustinos


Texto: Javier Antolín, OSA
Música: A new day. Mixaund

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».

Él le dijo:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».

Y les dijo:
«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

Y les propuso una parábola:
«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”.

Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.

Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.

Así es el que atesora para SÍ y no es rico ante Dios»..


Cuidado con la codicia

 

En el Evangelio de este domingo escuchamos una parábola, una enseñanza de Jesús a sus discípulos para que tengan cuidado de la codicia y la avaricia, es decir, la acumulación de bienes, el poner el corazón en las riquezas pasajeras. El texto evangélico nos dice que todo lo que tenemos o vamos acumulando tarde o temprano lo tendremos que dejar, pues nosotros estamos aquí de paso, por lo que no debemos poner nuestra confianza en las cosas perecederas y, las riquezas, por muy grandes que sean, son solamente bienes con fecha de caducidad.

Se nos advierte también que muchos de los problemas que hay en las familias proceden del reparto de las herencias, pues aparecen muchos intereses y hace que los hermanos o familias que se habían llevado más o menos bien, cuando tienen que repartir la herencia que, aunque sea algo que les pertenece, normalmente no es fruto de su trabajo, pues se enemistan y, a veces, se dejan de hablar, con lo que como consecuencia pierden el sentido de familia y hermandad, que es un bien mucho mayor que las riquezas.

Precisamente, uno de los bienes que perdura es el amor y comprensión entre las personas, la familiaridad y la fraternidad, ese es un gran tesoro que deberíamos cuidar.  Al mismo tiempo, se nos dice que nuestro tesoro tiene que ser Dios, que es lo que siempre permanece y es allí donde debemos poner nuestro corazón. Deberíamos ser agradecidos a Dios por los bienes recibidos, y al mismo tiempo, a ayudar con ellos a otros que no han tenido tanta fortuna en la vida. Es cierto, que muchos de los bienes son fruto de nuestro trabajo honrado, pero sin la salud y de otros factores que no dependen de nosotros no podríamos haberlos conseguido.