Texto: Santiago Alcalde, OSA
Música: Acousticguitar
Las preguntas incómodas a todos nos molestan y fastidian, por lo que generalmente las ignoramos como si nunca se hubieran formulado. Suelen ser verdades
“como puños”. Quizá por eso golpean tanto nuestra conciencia, que preferimos ignorarlas cobardemente a contestarlas con valentía. Sus vecinos se reían de él porque se las daba de pensador, de filósofo. Él, ya desde niño, pensaba mucho las cosas y más las palabras que decía. Sus amigos, por el
contrario, actuaban y luego pensaban; o simplemente ni pensaban, sobre todo cuando algo no les gustaba.
Un día, en una reunión vecinal, discutían sobre algunos problemas de gamberrismo y violencia que tenían en el barrio. Todo el mundo opinó y, como suele ocurrir siempre, tantas soluciones, cuantas opiniones. El único que se mantuvo silencioso fue el pensador. El que había convocado la reunión, al verle callado y reflexivo le dijo: “Danos tu opinión y dinos ¿qué debemos hacer?”.
Él, entonces, les dijo: “Pensad por un momento: Los hombres, de los topos, aprendimos a hacer túneles. De los castores, aprendimos a hacer diques. De los pájaros,
aprendimos a hacer casas. De las arañas, aprendimos a tejer. Del tronco que rodaba cuesta abajo, aprendimos la rueda. Del tronco que flotaba a la deriva, aprendimos la nave. Del viento, aprendimos la vela”. Luego, calló por un instante e interrogando a todos con la mirada, dijo: “Me pregunto: ¿de quién hemos aprendido a molestar al prójimo y a humillar al mundo?”.
Su incómoda pregunta recibió el obsequio de unos segundos de silencio, que el presidente de la reunión cortó diciendo: “Está bien, pasemos a otro tema”.
Una herida sangrante que se cubre, no sana. Una enfermedad que se oculta, no se cura. Un problema que no se resuelve no se soluciona. No obstante los hombres hemos aprendido de las avestruces a meter la cabeza en un agujero y decir: “Esto no es mi problema. Sigamos adelante”.
Jesús nos pide: “Lo que os digo en la oscuridad, habladlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas. No temáis a los que matan el cuerpo, pero no
pueden matar el alma; más bien temed a Aquél que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno”. (Mt 10,27-28).