Texto: P. Miguel A. Herrero Gómez, OSA
Música: Amazing grace (bendito amor) - Kesia
Buenos días.
Hay un precioso y muy ilustrativo cuento del P. Mamerto Menapace O.S.B. titulado “Los anteojos de Dios” (podéis encontrarlo en el siguiente enlace Los Anteojos de Dios | Mi Encuentro Conmigo) que relata que un alma llegó al cielo y, al entrar, no cruzándose con nadie, llegó hasta el despacho de Dios. Allí, sobre el escritorio, vio unos ‘anteojos’. No resistió la tentación de ponérselos… y entonces empezó a ver todo de otra manera: las personas ya no eran solo lo que mostraban por fuera, sino lo que llevaban dentro. Vio heridas ocultas, luchas silenciosas, bondades escondidas.
Al ver a su antiguo socio cometiendo una injusticia, movido por un deseo de santa justicia, le lanza desde el cielo el banquito que Dios tenía para apoyar sus pies. Al regresar Dios de su paseo y encontrarle en su despacho, le pregunta qué hizo con el banquito. El alma, avergonzada, confiesa su acción: ante la injusticia que veía, le tiró a su socio lo primero que tenía a mano —el banquito—, dándole un buen “bancazo”, haciendo así una pretendida justicia. Entonces Dios le dice con ternura: “Te pusiste mis anteojos, pero te faltó tener mi corazón.” Y le recuerda que solo quien tiene el poder de salvar tiene derecho a juzgar. Como penitencia, lo envía de vuelta a la tierra con una oración: “Jesús, manso y humilde de corazón, dame un corazón semejante al tuyo.”
Hoy, 31 de julio, celebramos a San Ignacio de Loyola, un hombre que también aprendió a mirar con otros ojos. Tras una herida en la pierna que lo dejó postrado, su vida cambió. Aprendió a discernir, a ver a Dios en todas las cosas, a mirar más allá de las apariencias. Hoy su figura nos invita a no quedarnos en lo superficial, a buscar la verdad profunda de las personas y de los acontecimientos y a mirar con compasión, con paciencia, con esperanza.
Pero Ignacio de Loyola no se quedó solo en mirar. Dio un paso más: amar como Dios ama.
Y eso es lo que el cuento también nos sugiere: no basta con ver con los ojos de Dios… hay que perdonar con su corazón, hay que amar con su corazón.
Por eso, hoy, en la fiesta de San Ignacio, podemos hacer una oración sencilla pero comprometedora: “Señor, préstame tus ojos… pero también tu corazón.” Porque mirar como Dios mira es un don, pero amar como Él ama es una decisión que transforma.
Y si alguna vez sentimos el impulso de lanzar un “banquito” ante cualquier injusticia, recordemos que la verdadera justicia nace del amor, no del enfado. Que el juicio sin misericordia no es justicia, y que solo quien ama de verdad puede ayudar a sanar.
“Jesús, manso y humilde de corazón,
dame un corazón semejante al tuyo.”
“Señor, préstame tus ojos… pero también tu corazón.”
¡Buenos días!