¡Hola, qué tal, cómo estás!
Esta semana concluye el mes de julio y comienza agosto, el mes más vacacional de todo el año. Las ciudades se vacían, muchas tiendas se cierran, milagrosamente se encuentra sitio para aparcar, se mastica en el ambiente cierta paz y sosiego.
Pero todo esto que suele ocurrir en las ciudades, no tiene nada que ver con los pueblos y los lugares de playa o de montaña. Allí pasa todo lo contrario, se llenan de gente, ruido, coches, colas, entre otras muchas cosas.
Ahora bien, esto es lo que nos ocurre a nosotros, pero en otras partes del mundo la vida es otra cosa. No hay paz y sosiego porque hay bombas y balas, y la gente desesperada se amontona para conseguir algo de comida, exponiendo la vida para ello.
Los niños no se ven relucientes, bien alimentados y vestidos, contentos jugando con la arena de la playa, recibiendo los mimos de los abuelos en el pueblo o escalando algún pequeño monte.
Son los contrastes del mundo en el que vivimos. Unas diferencias causadas por el mismo ser humano cuando le guía el orgullo, el ansia de poder, de dominio, la prepotencia racial, religiosa, económica, política.
Nosotros, los cristianos, encontramos en la Biblia, en la Palabra de Dios el antídoto contra todo esto. Nos dice San Agustín:
“Cuando entiendes algo de las Escrituras, es el amor que se manifiesta; cuando no logras entender, es el amor que se esconde. Los que poseen la caridad, pues, tienen lo que se manifiesta en las palabras divinas y lo que se enconde en ellas”.
(Sermones 350,2)
Oración:
“¡Señor, aumenta mi fe, mi esperanza, mi amor! ¡Cuán maravillosa y sin igual es tu bondad!”
(Soliloquios 1,1)