Evangelio
Miércoles X del Tiempo Ordinario

Mateo 5, 17-19



Música:  Renaissance. Audionautix
Texto: Miguek G. de la Lastra, OSA

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».



La ley y los profetas

La experiencia del bautismo es una experiencia de libertad, dejamos de ser siervos de la ley para vivir como hijos libres bajo la gracia (cfr. Rom 6,14). Es la experiencia contraria a vivir atado a unas reglas o unas normas, a medir nuestra relación con Dios desde una lista de mandatos y leyes que terminan por poner en evidencia nuestras debilidades y nuestros fracasos a la hora de querer seguir el camino de Dios.

La Ley y los profetas es una forma de referirse a los libros de la biblia, que nos hablan de unos hombres y un pueblo incapaz de mantenerse fiel al proyecto de humanidad diseñado por un Dios que quiso que fuéramos pueblo suyo mientras la humanidad se va alejando, libro tras libro, de esa semejanza con Dios.

Hasta los pequeños detalles de la Escritura, las comas y las tildes, ponen en evidencia la incapacidad humana de vivir como imagen de Dios. La tentación es suprimirlas, dejar de lado los preceptos más incómodos y fantasear con un genérico “no matar”, o un abstracto “amar al prójimo” como únicas pautas de nuestra vida. Porque si bajamos a los detalles, a lo cotidiano, a las comas y las tildes, puede que nos desaliente no ser capaces de cumplir con lo mandado.

Cristo vino a dar cumplimiento incluso a los detalles más mínimos, a vivir esa comunión entre la divinidad y la humanidad de forma completa. En Él se cumple la Ley y los Profetas que narran la historia de unos hombres que se hacen pueblo de Dios. Pero no sólo en Él, también en nosotros, porque “lo que no podemos por nuestra debilidad, se restablece por la perfección de quien siendo Él la cabeza nos hemos hecho miembros” (Contra Fausto 19, 7)