Evangelio
Domingo XII Tiempo Ordinario

Marcos 4,35-41



 

Música:  Renaissance. Audionautix
Texto: Santiago Sierra, OSA

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre su cabezal.
Lo despertaron, diciéndole:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:
«¡Silencio, enmudece!».
El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo:
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!».



La tempestad calmada

El “vamos a la otra orilla” no es del todo inocente, tiene miga. Es Jesús mismo el que lo propone, como si él se hiciese responsable de todo lo que acontece a continuación. “La otra orilla” es territorio pagano. ¿Qué puede significar pasar a la otra orilla? Probablemente se trate de la puesta en práctica de un programa universalista. Sería tanto como decir que todos somos candidatos a la salvación, que todos estamos llamados. Pero, en el relato vemos que está también rodeado de dificultades: Es el atardecer cuando partimos…, el mar de noche es oscuro. Se ha levantado el viento y la dificultad se viste de tempestad: “las olas rompían contra la barca”. Y, para colmo, el silencio de Dios: “Él estaba en popa, dormido sobre un cabezal”.

En esta situación, comienzan los reproches. Los discípulos le despiertan y reprochan a Jesús: “¿No te importa que perezcamos?”, que es como decirle: no tienes derecho a dormir, estamos en apuros… (Nos recuerda el episodio de Jonás en la nave). De todas las maneras, a mí no me gustaría ser dios en estos tiempos de tempestades…

La respuesta de Jesús no se hizo esperar, porque Dios sigue respondiendo y recreando. En primer lugar, increpa al viento y dice al mar: “¡Silencio, enmudece!”. Y estos obedecen. A continuación, se dirige a los discípulos y les reprocha la cobardía y la falta de fe: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” Pero el tono es como de instrucción catequética, como diciéndoles: la fe que ha hecho que me sigáis es la fe que produce paz y serenidad incluso cuando parece que Dios calla y permite las tempestades. Por tanto, les invita a avivar esa fe.

Los discípulos, llenos de admiración, se preguntan: “¿Quién es este? Hasta el viento y el mar lo obedecen”, es decir, los discípulos reconocen el poder de Jesús, que no actúa como los antiguos profetas que recitan oraciones para pedir a Dios que domine los elementos, sino que interviene como si fuese Dios.

Dice san Agustín: “Tu barca es tu corazón; Jesús en la barca, la fe en el corazón. Si tienes presente tu fe, el corazón no te fluctúa; si a tu fe la dejas en el olvido, duerme Cristo; atención al naufragio. Pero no dejes de hacer lo que todavía queda: si él duerme, despiértalo; dile: Levántate, Señor, que perecemos; y él increpará a los vientos y vendrá la tranquilidad a tu corazón” (Comentario al salmo 34, 1, 3).