Evangelio
Miércoles II de Pascua

Jn 3, 16-21



Autor: Javier Antolín, OSA
Música:  Acousticguitar 1 Audionautix

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.


El amor de Dios: origen de todo

El evangelio de hoy presenta el diálogo entre Jesús y Nicodemo y nos ofrece un resumen del misterio del amor de Dios. San Juan en su Evangelio y en sus cartas reitera que el origen de todo es el amor de Dios. Dios nos ha amado primero y afirma, además “que tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único”. Los dos misterios centrales del cristianismo, la encarnación y la redención, son fruto del amor de Dios. En la Navidad celebramos la venida de Dios al mundo para compartir nuestra misma naturaleza, nuestra misma vida. El mayor regalo que Dios nos ha podido hacer es enviarnos a su Hijo. Jesús lo que hace a lo largo de su vida es ofrecer el amor de Dios a las personas a las que se acerca, por medio del perdón, liberando del mal, curando, trasmitiendo esperanza. Dios ha enviado a su hijo al mundo no para condenarlo, sino para salvarlo. Y Jesús, con su vida, hace realidad este amor y salvación de Dios. Aunque hay que decir también que se deja la libertad, Dios no nos fuerza a que aceptemos su amor. Juan utiliza el símil de la luz y de la oscuridad, hay personas que aceptan la luz y reciben el amor de Dios que se ha manifestado en su Hijo, pero también hay personas que no lo aceptan y viven en las tinieblas. Son nuestras obras las que ponen de manifiesto si obramos siguiendo la luz y la verdad, o si vivimos en la oscuridad y en el error. Dios respeta nuestra libertad, pero su voluntad es salvífica, y no quiere que nadie se pierda y ofrece a todos, su misericordia.

            En este tiempo de Pascua conviene que repitamos que Jesús con su muerte y resurrección nos ha salvado, estamos salvados. Dios nos ha amado tanto o me ha amado tanto que ha entregado a su hijo por mi salvación. Revivamos ese amor de Dios por nosotros, al mismo tiempo, que somos testigos de ese mismo amor de Dios, pues sigue vivo y continúa salvándonos por medio de los sacramentos de la Iglesia y por las obras de todos los que creen en él.