Evangelio
Miércoles III de Pascua

Jn 6, 35-40



Autor: Amet Moreno, OSA
Música:  Acousticguitar 1 Audionautix

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».


El Padre nos envía hacia Cristo

El Evangelio de hoy nos cuenta que Cristo ha sido enviado por el Padre. En nuestras comunidades tenemos el regalo de acoger su presencia como un don de esta pascua: su Espíritu que es el amor que nos mueve a amar como él. También es bueno que hoy aprendamos que el Padre también nos envía hacia Cristo. Con nuestras buenas obras transidas por el don de la caridad.

En efecto, el encuentro con la añorada respuesta a nuestros problemas estriba en ese vital encuentro con nuestro Salvador. Y para que se pueda dar ese puente es preciso construir desde los dos extremos. Así nosotros podemos “construir puentes que para salvar vidas” (decía el Siervo de Dios, Padre Moisés González, agustino misionero en Panamá). Eso es lo que hace nuestro Padre Dios: acerca Cristo a nosotros y nos acerca a él. De este encuentro trasformador nos acerca al que esta solo y desanimado dándole de esa vida que cristo nos regala en los sacramentos. Vestido de nuestra carne, el Hijo de Dios se ha hecho hijo del hombre; revestidos con su gracia, nosotros, los hijos de los hombres, llegamos a ser hijos de Dios. Vivamos así esta pascua: ¡tiempo de gracia!

¿Cómo nos lleva el Padre hacia Cristo? San Juan nos lo enseña en su Evangelio: “el que ve al Hijo y cree en él, tiene la vida”. Cristo es el gran “signo”, es decir, la gran “señal”; él es el “sacramento primero”; la moción interior y amorosa del Padre es una especie de capacidad para leer ese signo que es Cristo; es también una gracia que nos deja enamorarnos de la gracia, del dulce encanto y excelsa hermosura de Dios hecho hombre.

La Iglesia, comunidad cristiana, atribuye ese género de acciones interiores al Espíritu Santo. Y esto es muy bello: Dios Padre envía su Hijo como señal que está ante nuestros ojos; y envía a nuestro corazón la gracia de su Espíritu, que nos permite entrever el misterio de Cristo. De este modo, las dos Divinas Personas, el Hijo y el Espíritu, nos permiten sentir el abrazo del Padre: en los sacramentos y en el compartir fraterno especialmente con los que necesitan de nuestro tiempo y solidaridad.