Evangelio
Domingo IV de Pascua.

Jn 10, 27-30



Texto: Ángel Andújar, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, dijo Jesús:
«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.

Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre.

Yo y el Padre somos uno».


Conoce a las ovejas

En el antiguo testamento era frecuente comparar la labor de los sacerdotes o los profetas con la de los pastores de ovejas. Para aquellas gentes, que vivían insertas en una cultura agrícola y ganadera, la comparación tenía un fuerte significado. Quizá hoy haya perdido relieve este modo de hablar, pero más allá de la imagen hay una serie de ideas importantes que nos pueden ayudar a reflexionar.

El brevísimo pasaje del Evangelio de Juan de este domingo es parte del discurso del Buen Pastor. En él, Jesús retoma algo que ya había planteado el profeta Ezequiel: la denuncia de los pastores que se apacientan a sí mismos, sirviéndose de su rebaño en lugar de cuidarlo. Frente a este modo de obrar de algunos, Jesús encarna el modelo de pastor que “conoce a sus ovejas”, de modo que ellas “escuchan su voz” y “le siguen”.

En los tiempos bíblicos, como hoy, nos encontramos con líderes sociales, políticos o religiosos que ni conocen a aquellas personas que les han sido encomendadas, ni se preocupan por ellas. Se trata de pastores que se pastorean a sí mismos. El centro de su actividad no son las personas destinatarias de su trabajo, sino el interés propio. No tienen el más mínimo interés por saber de ellas, ni de llevarlas sobre sus hombros cuando desfallecen, ni de aliviar sus cruces, ni de conocer su estado de ánimo. Para estos pastores, es mejor no saber que falta la oveja número cien; mejor es vivir con tranquilidad, apoyados en las propias seguridades, sin nada que desestabilice o saque de la zona de confort.

Todos podemos pensar en personas que ejercen así su responsabilidad sobre otras: en el ámbito de la familia, de la política, de la educación, de la economía o de la fe. Puesto que todas las personas tenemos seres humanos cuyo cuidado se nos encomienda, ¿cómo ejercemos esta responsabilidad?

El mundo, los seres humanos, necesitamos referentes, personas que nos infundan confianza por su coherencia de vida, por su disponibilidad, por saber desprenderse de sí mismas y atender realmente las necesidades de las demás. ¿A quién escuchamos? ¿A quién seguimos? A quienes generan en nosotros esa confianza que nos lleva a convencernos de que merece la pena colocarlos en el centro de nuestra existencia.

Jesucristo resucitado, el Hijo de Dios vivo, el Buen Pastor, es aquel que realmente da la vida por sus ovejas, porque las conoce y llama a cada una por su nombre. Por eso se hace digno de ser escuchado y ser seguido. Y es Él quien, aquí y ahora, dándonos ejemplo, nos dice: ANDA, HAZ TÚ LO MISMO.