Evangelio
Corpus Christi.

Lc 9, 11b-17



Texto: Ángel Andújar, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, Jesús hablaba a la gente del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron:
«Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado».
Él les contestó:
«Dadles vosotros de comer».
Ellos replicaron:
«No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente».
Porque eran unos cinco mil hombres.
Entonces dijo a sus discípulos:
«Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno».
Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.


Dadles vosotros de comer

 

Se habla poco de ello, pero una de las consecuencias del conflicto de Ucrania es el aumento de la inseguridad alimentaria mundial, que va a afectar fundamentalmente a los países de África más empobrecidos. La amenza de hambrunas está ahí y desde una visión creyente de la realidad no podemos mirar para otro lado, y menos aún desde lo que celebramos este domingo.

Dadles vosotros de comer, dice Jesús a los suyos ante la multitud hambrienta que les esperaba. Los discípulos habían sucumbido a la tentación de desentenderse de la situación, dicendo al maestro: despide a la gente. ¿Era impotencia ante lo que parecía un reto inalcanzable? ¿O deseos de no complicarse la vida? Quizá, como nos puede suceder a nosotros, una mezcla de ambas cosas. Pero el maestro les indica que ese no es el camino. Y así empiezan a cambiar las cosas.

Este relato, que se nos ofrece en una fiesta tan significativa para los cristianos como la del Corpus Christi, nos pone en alerta ante un riesgo real: convertir la Eucaristía, la misma presencia real de Jesucristo en el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, en un instrumento de devoción personal o comunitaria que esté totalmente alejado de la vida. Se trata del riesgo de creer estar entrando en comunión con el Señor sin estarlo con el hermano, en particular con el que pasa hambre.

Esta celebración de hoy nos dice muy claramente que Eucaristía y justicia van de la mano. Ciertamente sabemos que la impotencia nos puede muchas veces y que nos cuesta trabajo salir de nuestro espacio de confort. Pero si acudimos a celebra la Eucaristía, si nos arrodillamos ante el Santísimo, si paseamos al Señor en la custodia por las calles de nuestros pueblos y ciudades y le cantamos al amor de los amores, no podemos olvidar que el mismo Cristo presente de un modo real en su Cuerpo consagrado lo está también en el pobre.

Decidles que se echen en grupos, indica el Maestro a los discípulos. Y en este momento comienza el milagro, que no es tanto el hecho de que los cinco panes y los dos peces se multipliquen como el del doble cambio que se produce en quienes están en la escena:

  • Los discípulos, que comienzan a creer, a confiar, a superar el desaliento, la desgana o la comodidad, y se ponen manos a la obra en pos de la justicia.
  • La multitud hambrienta, que vuelve a creer que gracias al Señor y a los que le siguen no volverá a quedar abandonada a su suerte.

Dice San Agustín que un Estado que no se rija según la justicia se reduce a una gran banda de ladrones (La Ciudad de Dios IV, 4). La dureza de las palabras del Santo no nos puede dejar indiferentes. Es urgente que nos alimentemos del Cuerpo y la Sangre de Cristo y que, alimentados, trabajemos incansablemente por lo que es justo: que nadie en el mundo pase hambre.

Somos lo que damos; somos amor, reza el lema de este día de Cáritas. ¡Feliz día del Corpus, feliz día de Caridad!