Evangelio
Domingo XXV Tiempo Ordinario

Mc 9, 30-37



Texto: Miguel G. de la Lastra, OSA
Música:  Renaissance. Audionautix

 

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.

Les decía:
«El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará».

Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.

Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó:
«¿De qué discutíais por el camino?».

Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.

Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
«El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».



"Padres" los unos de los otros

El evangelio de hoy nos presenta el contraste entre la escala de valores de los hombres y la del Hijo del Hombre. Los discípulos tienen la preocupación en lo noble y elevado y se quedan atrapados en la tierra, mientras que Jesús nos propone mirar a lo pequeño para alcanzar lo eterno.

El camino de la Cruz tira por tierra nuestras ambiciones. No hay lugar para el orgullo y la ambición al lado de quien escoge libremente que le desprecien y le abandonen. Jesús abre para nosotros una senda que transforma la perspectiva que el hombre tiene sobre su vida, y al transformar esa mirada transforma también las relaciones en la sociedad. Invita a que miremos en primer lugar a quien más nos necesita, que nos fijemos en aquel de quien podríamos ocuparnos en lugar de buscar alguien que nos pudiera ser útil.

Poner al niño en el centro es poner delante de los ojos de los apóstoles la fragilidad para que la fuerza y la capacidad de los Doce se vea reflejada en el rostro del niño en una mirada que transforma a los rudos galileos en protectores, en cuidadores, en cierto sentido lo hace salvadores de ese niño. Mirar la fragilidad nos devuelve una mirada que saca de nosotros esa paternidad de Dios que Jesús vino a compartir con nosotros, no sólo porque Dios sea un padre para nosotros, sino ante todo porque hace de nosotros “padres” los unos de los otros. Servidores con el Hijo. “Tal es el camino: camina por la humildad para llegar a la eternidad. Cristo Dios es la patria a donde vamos; Cristo hombre, el camino por donde vamos. A él vamos, por él vamos” (Serm. 123, 3)