Evangelio
Miércoles XXXVI del Tiempo Ordinario

Lc 21,12-19



Texto: José María Martín, OSA
Música: Rennaisance auidonautix

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».


Perseverancia

En este final del año litúrgico la Palabra de Dios nos habla, en un lenguaje apocalíptico, del final de los tiempos. El evangelio nos presenta hoy un panorama de persecuciones, incomprensiones, enfrentamientos familiares y traiciones. Quizá en algún momento de nuestra vida hayamos sentido o vayamos a sentir  amenazas graves que desestabilizan nuestra vivencia cristiana: problemas de salud, crisis familiares, intolerancia, conflictos sociales, sensación de fracaso….  Ante estas situaciones personales amenazantes, tengamos presente las palabras que pronuncia Jesús en el evangelio de hoy: “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Esta promesa nos hace reflexionar sobre la acción de la Providencia en nuestras vidas. Providencia es la incesante actividad del Creador, que dirige todos los acontecimientos y orienta la historia humana hacia su plenitud al final de los tiempos. El reconocimiento de esta presencia actuante de Dios no anula nuestra libertad. Dios da el impulso inicial a este mundo, Dios nos acompaña, Dios nos ofrece su gracia, Dios invita pero no impone. No somos marionetas en manos de una fuerza ciega sino que somos hijos de un Padre amoroso que nos invita incansablemente a confiar en Él.

El cristiano tiene que ser portador de esperanza y perseverar, confiando siempre en el Señor. Es así como Dios nos quiere, como personas esperanzadas y esperanzadoras, conscientes de su misión de transformar este mundo hasta convertirlo en el auténtico Reino de Dios. Solo el que espera en el Señor mantiene firme su fe, a pesar de las dificultades de la vida. El ejemplo de los cristianos perseguidos en el mundo es impactante: Corea del Norte, Somalia, Afganistán, Pakistán, Sudán, Siria, Irak, Irán, Yemen y Eritrea son algunos de los países en los que resulta heroico vivir el evangelio. Dan testimonio de su fe hasta la muerte, porque tienen puesta su esperanza en el Señor. Es el amor a Dios el que enciende su esperanza. En su sermón 359 San Agustín nos dice:

Elimina la esperanza y desfallecerá la fe. ¿Cómo va a mover, aunque sólo sea los pies, para caminar quien no tiene esperanza de poder llegar? Si, por el contrario, a la fe y a la esperanza les quitas el amor, ¿de qué aprovecha el creer, de qué sirve el esperar, si no hay amor? Mejor dicho, tampoco puede esperar lo que no ama. El amor enciende la esperanza y la esperanza brilla gracias al amor. Pero ¿qué fe habrá que elogiar, cuando lleguemos a la posesión de aquellas cosas que hemos esperado creyendo en ellas sin haberlas visto? Porque la fe es la prueba de lo que no se ve. Cuando veamos ya no se hablará de fe. Entonces, verás, no creerás. (Sermón 359)

Pidamos a Dios que consolide nuestra confianza. Dios, que nos creó por amor y  que nos ha enviado a su Hijo para que sea nuestro compañero de camino, no nos dejará abandonados en la mitad de la noche. Sólo pide nuestra perseverancia, a pesar de las dificultades e incomprensiones.