Evangelio
Domingo III de Adviento

Lc 3, 10-18



Texto:  Miguel G. de la Lastra, OSA
Música: Reinnasance audionautix

En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:
«¿Entonces, qué debemos hacer?».

Él contestaba:
«El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
«Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?».

Él les contestó:
«No exijáis más de lo establecido».

Unos soldados igualmente le preguntaban:
«Y nosotros ¿qué debemos hacer?».

Él les contestó:
«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».

Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:
«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».

Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.


¿Qué hacemos?

“¿Qué hacemos?”. Después de haber escuchado el domingo pasado el anuncio de Juan Bautista dando cumplimiento a las antiguas esperanzas de los profetas, ese camino abierto en mitad del desierto de la vida, nace en nuestro corazón, como un eco, la pregunta “y nosotros ¿qué hacemos ahora?”

La respuesta de Juan puede descolocarnos un poco. Que el soldado no abuse de su fuerza, que el recaudador no se aproveche para enriquecerse. ¡Pero si es lo que todos pedimos! San Agustín comenta que si soldados y recaudadores actuasen así, la sociedad ya sería feliz (Sermón 302,15). Tampoco hace falta mucho profeta para ofrecernos esa solución: comparte lo que te sobra con quien carece. El camino está abierto ante nosotros, pero quizás mis pies, mis amores, están atados y no soy capaz de recorrerlo.

Lo interesante es que estemos atentos a que este no es el tiempo de Cuaresma, el tiempo de la conversión, de cambiar actitudes, Este es el tiempo de Adviento, el tiempo de darnos cuenta de lo que sucedió y sucede y sucederá. Es el tiempo de maravillarnos de la gran obra de un Dios que actúa, que hace, que se hace hombre, ¡ya llegará el tiempo del arrepentimiento!

Juan Bautista nos anuncia un camino que pone de manifiesto el límite de nuestros anhelos. Porque con la razón reconocemos la lógica de repartir la túnica que me sobra, pero el corazón se queda pegado a esa segunda túnica, y encuentra mil razones para no dar el paso de la fraternidad. Juan anuncia un bautismo de agua que nos limpia la mirada, pero no basta para transforma el corazón. Detrás de él llegó y va llegando y terminará de llegar otro bautismo, el del fuego del Espíritu que abrasará hasta reducir a cenizas las mentiras de nuestras falsas seguridades y nuestras mediocres ambiciones; un fuego que abrasará la paja para que no estorbe y quede en nosotros sólo el trigo; un fuego que cuece nuestros muchos granos en el único pan, que hace de nosotros y de muchos un único Cuerpo.