Evangelio
Miércoles IV de Adviento

Lc 1,46-56



Texto: José María Martín, OSA
Música: Reinnasance audionautix

En aquel tiempo, María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
“se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava”.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
“su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
“derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia”
—como lo había prometido a “nuestros padres”—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.


Alabemos a Dios como María

A pesar de las evidencias en contra, María se ha fiado de Dios. Las mujeres de Israel se sentían honradas y estimadas por los hijos que tenían. De ahí la dicha y la gloria de todas las madres de Israel y la profunda pena de las mujeres que no podían dar a luz. María va al encuentro de la protagonista de la señal que le ha mostrado el ángel. Este encuentro es ocasión para que Isabel le haga saber a María que no se ha fiado de Dios en balde. Si María es la que lleva en sus entrañas al Mesías prometido, es por ello mismo la más bendita entre todas las mujeres.

Este descubrimiento hace que María prorrumpa en un poema de alabanza al Dios que cumple su palabra y de quien vale la pena fiarse. María manifiesta su gozo y alegría con Dios con esta oración basada en el cántico de Ana, que encontramos en el Primer Libro de Samuel. Se centra en dos grandes temas: por una parte, los pobres y humildes son socorridos en detrimento de los poderosos, y por otra, el hecho de que Israel es objeto del favor de Dios desde la promesa hecha a Abrahán. María canta la grandeza del Dios salvador que se ha fijado en los humildes y nos muestra que la lógica de Dios no siempre coincide con la lógica de los poderosos. Precisamente ha hecho una promesa con un pueblo pequeño cumpliendo la promesa de Abrahán, se ha fijado en la humildad y pequeñez de María, ha derribado del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. La lógica de Dios pasa por el reconocimiento de los más pequeños como sujetos preferenciales de su acción.

María descubre alborozada el cumplimiento de la palabra por parte de Dios. Rompe en gritos entusiasmados de acción de gracias hacia quien hace posible la maravilla de un mundo diferente.  En las maravillas que ha realizado el Señor reconoce el estilo o el modo de actuar del Señor en la historia de la salvación de los hombres. Confiesa que Dios se complace en subvertir el orden establecido por la injusticia de los ricos, de los orgullosos, de los dominadores de este mundo. El Señor humilla, desbarata y despoja a los señores de este mundo y ensalza y colma de bienes a los más pequeños, a los hambrientos, a los pobres y explotados.

El canto del Magníficat, en el cual la Virgen alaba al Señor por su amor y lealtad con la humanidad, es una síntesis de la obra salvadora que viene a realizar Jesús; ha llegado el momento de la liberación y la justicia para los más pequeños; el momento de un nuevo amanecer, porque Cristo, Luz del mundo, viene a habitar entre nosotros. María sabe que ella no es más que el canal que Dios ha escogido para comunicar a los hombres su gracia salvadora. La vida de María es un canto de alabanza a la grandeza del Señor. Ella es Santa María de la Esperanza, porque nadie como ella esperó la llegada del Salvador, pues lo llevó en su seno. La mejor manera de celebrar esta Navidad es alabar a Dios por todas las cosas buenas que ha hecho en nosotros. Dios actúa en favor nuestro, viene a compartir nuestra vida. Alabemos a Dios con nuestros labios y nuestro corazón.