Evangelio
Domingo. El Bautismo del Señor

Lc 3, 15-16. 21-22



Texto: Miguel G. de la Lastra
Música: Reinnasance audionautix

 

En aquel tiempo, el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:
«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego».
Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo:
«Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».


Mi Hijo

 

La última de las festividades de la Navidad es precisamente el Bautismo del Señor. Y la celebramos en un contexto tan ordinario que casi ya se nos ha pasado el sabor de las fiestas. Sin embargo, durante estos días hemos escuchado distintos nombres del Niño del Pesebre. El ángel lo llamó “Mesías y Señor”, le pusieron el nombre Jesús, que significa Salvador, y los magos de oriente le reconocieron como “Rey de Reyes”. La fiesta de hoy nos expresa el nombre más completo de ese niño: es “Mi Hijo”, con dos atributos “amado” y “en quien me complazco”.

Hay una mirada de predilección, de delicia por parte de Dios sobre la humanidad. El evangelio imagina una escena con una gran multitud y de entre todos uno que es señalado, escogido, marcado de forma especial con el gesto de la paloma que desciende y con la voz que explica esa predilección con la palabra “mi hijo”.

Toda esa muchedumbre se había reunido para ser bautizada en el agua, para ahogar en el río sus penas, sus errores del pasado, para liberar sus vidas de ese peso que el pecado nos va cargando hasta ahogarnos. Se bautizaban para cambiar de vida, para empezar de nuevo, aunque después volvían una y otra vez a fracasar en su intento de vivir una humanidad justa y santa.

En medio de la muchedumbre, como todos, Jesús se bautiza. Pero después del agua, mientras oraba, Jesús recibe el Espíritu. No es el bautismo de las buenas intenciones humanas, sino el bautismo en la voluntad amorosa de un Dios determinado a hacer de nosotros “Hijos de Dios”. Y el evangelio que proclamamos no dice “Él será bautizado con Espíritu Santo”, como si ser “mi hijo amado” fuera una característica exclusiva del Hijo, sino que dice “Él os bautizará con Espíritu Santo”, porque esta experiencia de ser hijos amados corresponde a todos los que deciden entrar en la muchedumbre de los siervos de Dios. El Mesías y el Señor está en medio de los siervos, para hacer de ellos Hijos de Dios. Buscas el bautismo del Señor, yo he buscado el bautismo del siervo (cfr. Sermón 90 II, 6)