Evangelio
Miércoles II del Tiempo Ordinario

Mc 3, 1-6



Texto: Ángel Andújar, OSA
Música: Reinnasance audionautix

En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.
Entonces le dice al hombre que tenia la mano paralizada:
«Levántate y ponte ahí en medio».
Y a ellos les pregunta:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».
Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:
«Extiende la mano».
La extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.


La persona siempre en el centro

Un relato, tres actores y un desenlace esperado: eso es lo que nos encontramos en la escena evangélica que hoy se nos propone. Una persona con una mano paralizada, Jesús en medio y sus enemigos, fieles “cumplidores” de la ley, al acecho para ver cómo actúa. Es sábado, el día consagrado al Señor, y la ley prohíbe trabajar ese día. A poco que conozcamos el modo de pensar y proceder de Jesús, sabemos que va a anteponer el bien de la persona a la aplicación de la ley; es indudable que va a hacer todo lo posible para que esa mano restablezca su funcionalidad.

Pero no por ello dejan de sorprendernos dos cosas. La primera de ellas, la mirada de ira de Jesús. A menudo imaginamos que estaría por encima de esas actitudes tan humanas, pero no es así; la ira, sin dejarnos arrastrar por ella hasta el punto de volvernos violentos, es algo necesario y que debe servir para poner a raya actitudes injustas que observamos en los demás – o en nosotros mismos -. Eso es lo que hace Jesús: manifestar con su mirada la profunda decepción que le ocasiona la actitud de estos personajes atados externamente a la ley, y la radical desaprobación que hace de dicho comportamiento.

Pero también sorprende la obstinación con la que permanecen en su postura los fariseos y los herodianos; lejos de aprender de la lección que les ha dado Jesús, siguen buscando el modo de acabar con él. Nos recuerda esta escena a la que se nos proponía el pasado domingo, en las bodas de Caná. El agua de las tinajas rígidas es el símbolo de la ley que se aplica implacable sobre las personas, independientemente de su bien. El vino nuevo que trae Jesús es el de la vida auténtica, convertida en banquete de bodas, en el que las leyes se relativizan. No es que la ley ya no sea necesaria, pero siempre en su justo lugar, poniendo siempre en el centro a las personas y su bienestar.

¿Cuál es hoy nuestro modo de vivir la relación con los demás, con nosotros mismos y con Dios? ¿Atenazados por la rigidez leguleya, o abiertos a que todas las personas tengan vida en abundancia?