Evangelio
Miércoles V del Tiempo Ordinario

Mc 7, 14-23



Texto: Ángel Andújar, OSA
Música: Reinnasance audionautix

En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:
«Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola.
Él les dijo:
«¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre y se echa en la letrina» (Con esto declaraba puros todos los alimentos).
Y siguió:
«Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».


Pureza en el corazón

La Palabra de Dios nos presenta hoy la culminación de una durísima crítica hacia una religiosidad superficial, la de quienes creen que la fe se vive desde el cumplimiento de ritos externos. En tiempos de Jesús todo esto quedaba representado en la pureza ritual, con ritos tales como lavarse las manos o lavar otros objetos de culto, cuanto más mejor, antes de determinados acontecimientos como comer o presentar la ofrenda al Señor. En nuestros tiempos hemos sustituido esos comportamientos por otros similares, que consisten en el cumplimiento de determinados preceptos no porque se consideren buenos, sino porque así está mandado, creyendo estar dando gloria a Dios y obteniendo así su beneplácito. Lo cierto es que Jesús es claro al respecto, llamando hipócritas a quienes viven la fe de ese modo (los de entonces y los de ahora).

En este contexto comprendemos el contraste entre “lo de fuera” y “lo de dentro”. El mal no es algo que le venga al ser humano de fuera y que haya que frenar con ritos externos, cumpliendo determinados preceptos; el mal nace de lo profundo del corazón humano. Hoy Jesús llamará hipócrita a quien se arrodilla ante Dios en el altar, pero murmura contra el hermano, o se desentiende de sus necesidades. Hoy Jesús criticará a quien echa una limosna en la colecta, para ser visto por los demás, pero comete fraude o no paga lo justo a sus empleados. Hoy Jesús se indignará ante quien comulga con devoción en la eucaristía, pero no mueve un dedo por buscar un clima de entendimiento, diálogo y respeto en su hogar.

En el cristianismo lo primero es siempre Jesús y su llamada al amor; sólo después vienen nuestras tradiciones humanas, por muy importantes que nos puedan parecer. No hemos de olvidar nunca lo esencial. Siguiendo el ejemplo de San Agustín, volvamos a las profundidades de nuestro ser, a nuestro corazón, donde habita la verdad, y construyamos desde ahí nuestra vida en consonancia con la vocación a la que Dios nos ha llamado, no desde preceptos humanos, sino desde el Amor de Dios.