Evangelio
Domingo II de Cuaresma

Lc 9, 28b-36



Texto:  Miguel G. de la Lastra, OSA
Música: Keys of moon a promise

En aquel tiempo, tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba,
el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.
De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús:
«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
No sabía lo que decía.
Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube.
Y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


Jesús habla en la pausa de la montaña

Nuestro camino hacia la Pascua es un camino hacia la experiencia bautismal que nos hizo nacer de nuevo, dejar de ser hijos de la mentalidad temporal y transitoria para ser nuevos hijos de una realidad eterna, que siempre permanece, que nada corrompe.

Después de diez días de cuaresma hacemos una pausa en el monte Tabor, junto a Pedro. Nos hemos alejado del tumulto de las prisas cotidianas que nos hacen ver el mundo de forma borrosa y nos van contagiando de una tristeza y un cansancio que nos convence de que somos simplemente hijos de nuestro tiempo y nuestra tierra. Y allí en la montaña Pedro, que estaba “hastiado del tumulto originado por los asuntos humanos” (serm 79), buscaba su alegría “en la vida tranquila, sin compromisos sociales” (Serm. 79A) y, por eso tiene el deseo de hacer tres tiendas y quedarse allí, tranquilo, en paz, aislado de la realidad concreta de la humanidad que nos arrastra siempre a la queja, a la violencia, a la tristeza.

Pero en esta pausa en la montaña, Jesús tiene otra palabra. En la calma de la montaña dialoga con Elías y Moisés de su “partida”, de su éxodo, que se va a completar en Jerusalén; no huye de la vida cotidiana, sino que se implica  . Ese éxodo se celebra en Pascua, donde se actualiza la experiencia de dejar de ser esclavos para vivir como libres. Es pasar de vivir como esclavos arrastrados por los impulsos de nuestros miedos y ambiciones, arrastrados por las circunstancias que nos desbordan y parece que nos dictan una forma de vida más allá de nuestros verdaderos sueños y deseos, pasar de ser esclavos a ser libres, con un corazón que se adhiere a lo verdadero y no a lo urgente, a lo necesario y no a lo conveniente.

Esa paz del corazón que nosotros siempre buscamos huyendo de las dificultades y de las ambiciones del mundo, Jesús lo encuentra de forma plena “en Jerusalén”. Precisamente en manos de la más mezquina de las voces del corazón humano, en manos de la más mezquina y mentirosa voz de toda la creación, allí, en Jerusalén, será donde la voz de la humanidad pueda reconocer a este Hijo de Hombre como el auténtico hombre justo, el auténtico hombre libre.

Y lo reconocemos como el Hombre más auténtico sin tener que escapar de la miseria, sino metido en medio de la miseria humana, revestido de odio, desprecio y fracaso. No es cuestión de refugiarnos en el silencio de la calma allí en la lejana montaña, sino más bien de exponernos al silencio de María, firmemente plantada ante el Hijo del Hombre que abraza la Cruz.