Evangelio
Miércoles II de Cuaresma

Mt 20, 17-28



Texto:  Javier Antolín, OSA
Música: Keys of moon a promise

En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino:
«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó:
«¿Qué deseas?».
Ella contestó:
«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
Pero Jesús replicó:
«No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?».
Contestaron:
«Podemos».
Él les dijo:
«Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo:
«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».


El anhelo de los pimeros puestos

Nuestro camino hacia la Pascua es un camino hacia la experiencia bautismal que nos hizo nacer de nuevo, dejar de ser hijos de la mentalidad temporal y transitoria para ser nuevos hijos de una realidad eterna, que siempre permanece, que nada corrompe.

Después de diez días de cuaresma hacemos una pausa en el monte Tabor, junto a Pedro. Nos hemos alejado del tumulto de las prisas cotidianas que nos hacen ver el mundo de forma borrosa y nos van contagiando de una tristeza y un cansancio que nos convence de que somos simplemente hijos de nuestro tiempo y nuestra tierra. Y allí en la montaña Pedro, que estaba “hastiado del tumulto originado por los asuntos humanos” (serm 79), buscaba su alegría “en la vida tranquila, sin compromisos sociales” (Serm. 79A) y, por eso tiene el deseo de hacer tres tiendas y quedarse allí, tranquilo, en paz, aislado de la realidad concreta de la humanidad que nos arrastra siempre a la queja, a la violencia, a la tristeza.

Pero en esta pausa en la montaña, Jesús tiene otra palabra. En la calma de la montaña dialoga con Elías y Moisés de su “partida”, de su éxodo, que se va a completar en Jerusalén; no huye de la vida cotidiana, sino que se implica  . Ese éxodo se celebra en Pascua, donde se actualiza la experiencia de dejar de ser esclavos para vivir como libres. Es pasar de vivir como esclavos arrastrados por los impulsos de nuestros miedos y ambiciones, arrastrados por las circunstancias que nos desbordan y parece que nos dictan una forma de vida más allá de nuestros verdaderos sueños y deseos, pasar de ser esclavos a ser libres, con un corazón que se adhiere a lo verdadero y no a lo urgente, a lo necesario y no a lo conveniente.

Esa paz del corazón que nosotros siempre buscamos huyendo de las dificultades y de las ambiciones del mundo, Jesús lo encuentra de forma plena “en Jerusalén”. Precisamente en manos de la más mezquina de las voces del corazón humano, en manos de la más mezquina y mentirosa voz de toda la creación, allí, en Jerusalén, será donde la voz de la humanidad pueda reconocer a este Hijo de Hombre como el auténtico hombre justo, el auténtico hombre libre.

Y lo reconocemos como el Hombre más auténtico sin tener que escapar de la miseria, sino metido en medio de la miseria humana, revestido de odio, desprecio y fracaso. No es cuestión de refugiarnos en el silencio de la calma allí en la lejana montaña, sino más bien de exponernos al silencio de María, firmemente plantada ante el Hijo del Hombre que abraza la Cruz.