Evangelio
Domingo V de Cuaresma

Jn 8, 1-11


3

Texto: Miguel G. de la Lastra, OSA
Música: Keys of moon a promise

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
«Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».


"Conozco mi culpa, conozco tu misericordia"

Con frecuencia nombramos este evangelio como el de la “mujer adúltera” y nos olvidamos de que el pecado no es una realidad esencial del ser humano, sino que simplemente es una circunstancia de la vida, que le delimita pero no le determina, no le define. La mirada de la muchedumbre sólo alcanza a ver el pecado de la mujer, la identifica con su elección. La ley de Moisés es clara (Lv 20,10; Deu 22,22)  y la tarea de la comunidad está bien definida. La pregunta que dirigen a Jesús debería ser retórica.

Allí en medio, quizás medio vestida o totalmente desnuda, sorprendida en su error, desamparada, mostrando públicamente su vergüenza está la mujer, en silencio. No hay palabras ante la mirada de la justicia que puedan esconder su delito. Su silencio acepta que todo su destino esté marcado por su pecado.

La muchedumbre sigue bramando y Jesús abre sus labios “.. aquel que esté libre de pecado” y poco a poco todos se van juzgando a sí mismos y van abandonando uno a uno el templo, indignos, marcados por su culpa. Quizás conocen bien la dura sentencia del profeta Ezequiel en su famosa metáfora de la mujer adúltera del capítulo 16, condenada a morir lapidada según la ley.

La mujer y la muchedumbre saben que están marcados por el pecado. Unos se marchan y solo una permanece. Dirá San Agustín que permanece porque  “Sé quien eres tú, sé quien soy yo; conozco mi culpa, conozco tu misericordia” (Serm. 16A,5). Ella permanece allí, de pie, sin poder ocultar su pecado pero sin querer tampoco ocultar su fe: “Ninguno, Señor”. Y se deja enseñar por Jesús “yo no te condeno”, tampoco tú te condenes, sigue tu camino. Quien conoce la misericordia alcanza la misericordia; quien sólo conoce la Ley, tan sólo tiene la Ley.