Evangelio
Pentecostés

Jn 20, 19-23



Texto: Miguel G. de la Lastra, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Sopló sobre ellos

 

Sopló sobre ellos. Le hemos dado tanto protagonismo al suceso de Pentecostés tal y como lo narra Lucas que quizás se nos olvida que el Espíritu que hemos recibido no proviene de un cielo lejano y desconocido sino que sale del pecho del Hijo, que nos conoce y a quien conocemos. Lucas sitúa el suceso de la recepción del Espíritu Santo en Pentecostés, siete semanas después de Pascua, porque era la fiesta de las Semanas, la fiesta en la que se presentaban las primeras gavillas, al comienzo de la cosecha. Es como si la liberación de Pascua que nos saca de la esclavitud de todos los faraones que nos dicen quiénes tenemos que ser no terminara de realizarse aún. Podemos no tener otro dueño que El Señor, pero ¿qué pasa con nuestras tareas, con el trabajo de cada día? ¿Qué pasa con la tierra que nos han encomendado? Nuestros esfuerzos parecen estar siempre en riesgo. Después de tanto esperar que germine el trigo, en el tiempo de la cosecha cualquier tormenta nos podría traer el pedrisco y acabar con todo.

Por eso se presentan las primeras gavillas, para poner ante Dios que nos regaló el fruto también el trabajo de terminar de recogerlo. Es como si la libertad recibida como regalo en Pascua, la libertad de ser Hijos de Dios y no hijos del mundo estuviera todavía amenazada por tantas circunstancias que nos podrían hacer volver a ser esclavos de nuestras tristezas, de nuestras fragilidades, de nuestros errores del pasado. Por eso el evangelio de Juan insiste en que la experiencia del resucitado es la experiencia del Espíritu. La potencia de la Pascua continúa en la fuerza del Espíritu Santo. Es la fiesta de traer las primeras gavillas, la fiesta de un comienzo que no termina que no se agota.

Los que han sido liberados de la esclavitud el pecado pueden ahora vivir libres ante cualquier circunstancia de la vida, libres de prejuicios, de miedos, de ambiciones, de todo impulso de pecado que puede tentarnos pero no esclavizarnos, nunca más. Traemos lo que tenemos como primeros pasos, primicias de una cosecha que llegará a la eternidad.

Con estas primeras gavillas hacemos un primer pan, de muchos granos uno solo. La comunidad reunida respira el Espíritu del resucitado y se transforma en el cuerpo del resucitado ¿Quieres vivir del Espíritu de Cristo? ¡Hazte tú Cuerpo de Cristo! (In Io 26,13).