Evangelio
Domingo XIII Tiempo Ordinario

Lc 9, 51-62



Texto: Miguel G. de la Lastra, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: –Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
El se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno:
–Te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió:
–Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
A otro le dijo:
–Sígueme.
El respondió:
–Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó:
–Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo:
–Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó:
–El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.


Desviar la mirada de Jesús

Poner la mano en el arado requiere una cierta concentración, una mirada atenta al surco que se va haciendo. No basta que los bueyes tiren, es necesario que la mano sostenga firmemente el rejo en la dirección del surco. En el evangelio de hoy el Señor se encuentra con distintos personajes, con distintas situaciones que invitan a desviar la mirada de Jesús. _Nuestro corazón tiene ciertos deseos y preocupaciones que ocupan en ocasiones el lugar que corresponden al Señor Jesús. A veces son preocupaciones perniciosas, pero en el caso de hoy nos encontramos ante preocupaciones justas: proteger a nuestro grupo de una agresión, tener un techo donde dormir, cuidar de nuestros enfermos, ocuparnos de nuestra familia,… Lucas nos presenta precisamente el conflicto que se produce entre un bien objetivo y el bien de Jesús, entre un amor y un amor mayor.

Esta es precisamente la pretensión de Jesús. No sólo pretende que la opción por su persona sea algo bueno para nosotros sino que se sitúa en la posición de ser el bien sumo. Jesús pretende ocupar siempre el primer lugar en nuestro corazón, en nuestras opciones. Nos propone con audacia que todas nuestras opciones, nuestras preocupaciones, nuestras obligaciones, todo lo que configura nuestra vida lo coloquemos todo a la sombra del Reino, en función de la vida nueva del Reino.

La búsqueda de nuestra realización como hombres nos puede llevar a creer que la felicidad está en cuidar de nuestra familia o de nuestros recursos económicos, de asegurarnos techo y mesa, de proteger a nuestro grupo. Pero el hombre más verdadero es el que vive a la medida del Reino. Y ninguna de las otras cosas puede terminar de completar el proyecto de ser humano que Dios ha plasmado en nuestro corazón.

Todos los que miran atrás, se quedan sin caminar hacia adelante, mientras que el Reino siempre está más allá, siempre detrás del horizonte, nunca a la espalda. “Añade siempre algo, camina continuamente, avanza sin parar; no te pares en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Quien no avanza, queda parado; quien vuelve a las cosas de las que se había alejado, retrocede” (Serm 169, 15, 18)