Evangelio
Domingo XV Tiempo Ordinario

Lc 10, 25-37


1

Texto: Ángel Andújar, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
El respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».


Hacerse prójimo

Bajar de Jerusalén a Jericó, y más en tiempos de Jesús, no era una cosa banal. La parábola que hemos escuchado se sitúa en el camino que unía la gran ciudad, a 750 m. sobre el nivel del mar, con Jericó, a 350 m. bajo el nivel del mar, un gran desnivel en apenas 28 kilómetros a través de parajes desérticos y pedregosos. Se trataba, por tanto, de un lugar especialmente apropiado para que los viajeros cayeran en manos de los bandidos.

Si la otra gran parábola de la misericordia, la del Padre misericordioso o el Hijo pródigo, nos muestra bien a las claras cómo es Dios, esta nos presenta con meridiana claridad cómo podemos ser nosotros, los seres humanos. Y la invitación que se nos hace es a vivir siendo auténticos prójimos de los demás.

A la pregunta del maestro de la ley – ¿Quién es mi prójimo? – Jesús va a darle la vuelta, mostrando a su interlocutor que lo decisivo no es quién es el prójimo, sino cómo hacerse uno mismo prójimo. Es más, ni siquiera le responde, sino que a través de la parábola le hace pensar, de tal modo que sea él mismo quien encuentre la respuesta.

La clave en este relato es el proceso de aprendizaje para ser prójimos, sabiendo que no basta con serlo de los de casa, pues al fin y al cabo el roce hace el cariño y ser misericordiosos con los que tengo cerca está al alcance de la mano. Lo difícil es hacernos prójimos de las personas que no conocemos, de las que nos encontramos al borde de los caminos de la vida y nos descolocan, nos generan inseguridad, y ante las que tenemos la tentación de pasar de largo, sea por miedo, por comodidad, o… simplemente, por si acaso.

Ciertamente, la parábola supone una dura crítica a la religiosidad que no se plantea cuál es el rostro al que hay que mirar: a los sacerdotes y levitas muy cumplidores de lo suyo, aferrados a leyes y tradiciones con las que creen que dan gloria a Dios, sin darse cuenta de que Dios está tirado y moribundo al borde del camino.

Hoy también hay muchos caminos de Jerusalén a Jericó en nuestro mundo: realidades inhóspitas, duras, por las que nos cuesta trabajo pasar. Podemos sentirnos buenos cristianos, cumplidores, eso que llamamos buena gente, pero… ¿pasamos de largo? Curiosamente, uno de esos personajes mal vistos en la época de Jesús, un samaritano, se nos pone como ejemplo de lo que supone ser prójimo.

El pasaje de hoy comenzaba con una pregunta: ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Ya tenemos la respuesta: Si queremos tener vida o, mejor dicho, si queremos vivir de un modo auténtico, es preciso hacernos prójimos de los necesitados. No hay excusas. Caminemos con los ojos bien abiertos – ¡cuántas cosas nos despistan! – identificando a los malheridos del mundo e interesándonos de veras por ellos, dándoles no lo que queremos, sino lo que verdaderamente necesitan.