Evangelio
Domingo XVI Tiempo Ordinario

Lc 10, 38-42



Texto: Miguel G. de la Lastra, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».


Elegir entre cosas buenas

A la hora de elegir qué hacer suele ser bastante fácil elegir entre hacer lo bueno y hacer lo malo. De hecho obrar el mal suele ser algo que nos desagrada porque va contra nuestra naturaleza. Pero en el caso de las hermanas de Betania la decisión está entre hacer dos cosas que son buenas. Jesús y los discípulos llegan a la casa y hay que hacer muchas cosas para atenderles. Podemos imaginarnos cómo nos ponemos en actividad para recibir a un huésped, para acogerle como se merece. Y sin embargo María se queda quieta a los pies de Jesús.

Lucas nos presenta la reacción de Marta y la reacción de Jesús, y son como una especie de test de nuestro corazón. Quizás nos identificamos con Marta, nosotros que estamos acostumbrados a atarearnos en tantísimas urgencias que nuestro mundo tiene; rezando y dando con el mazo para alimentar hambrientos, vestir desnudos, consolar tristes, acoger refugiados,… O quizás nos sentimos cómodos con la respuesta de Jesús que nos habla de la única tarea necesaria, la tarea buena. Quedarnos a los pies de Jesús, escuchándole.

Sin duda en este tiempo de verano nos identificamos más con María pero tenemos que estar muy atentos a identificarnos bien con ella. Marta está haciendo muchas cosas, María solo una. Marta está preocupada por alimentar los cuerpos hambrientos, María por saciar el hambre de su espíritu. Las dos cosas son urgentes e importantes, pero sólo una es esencial.

Siguiendo la línea del domingo pasado, de las muchas cosas que se pueden hacer para sentirnos prójimos de los hombres, hermanos de los hombres, sólo una es necesaria. Podemos preocuparnos de hacer grandes obras por los demás y sin embargo estar buscando nuestra propia salvación, nuestro propio sentido de la vida por cuidar a tantos, por ser salvadores de tantos, cuando al final estamos tratando de salvar nuestra propia imagen en el bien que hacemos a otros. O bien podemos escuchar la Palabra que nos llama “Hijos de Dios”, que nos da una identidad redimida, por encima de nuestros pecados, que nos hace sabernos amados y significativos no por lo que hacemos sino por lo que somos para Dios. En los tiempos de Lucas muchos ciudadanos pretendían pasar a la posteridad por poner su nombre detrás de grandes obras mientras que la única fama necesaria es la que sale de los labios de Cristo.

Por eso a María no le quitarán su parte, su lugar. El amor que Dios nos tiene, el sitio a su mesa, no nos lo puede arrancar ninguna circunstancia, ni siquiera el tiempo. Cuando terminen las necesidades, cuando llegue el Reino, no será necesario dar de comer y sin embargo seguiremos siendo alimentados. “¿Acaso cuando llegues a la patria hallarás forasteros a quienes hospedar, hambrientos con quienes compartir tu pan, sedientos cuya sed apagar, enfermos a quienes visitar, litigantes a quienes poner en paz o muertos a quienes sepultar? Nada de esto habrá allí. ¿Qué habrá, pues? Lo que eligió María: allí, en lugar de alimentar, seremos alimentados. (serm 103,5)

No somos hijos por lo que hacemos sino por lo que recibimos. Vivamos ya como se vive en el Reino.