Evangelio
Miércoles XVI Tiempo Ordinario

Mt 13,1-9



Texto: Javier Antolín, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».


El sembrador

Encontramos a Jesús que salió de casa y se sentó a la orilla del lago de Galilea. Es una escena de la vida cotidiana y al ver que se acercaba mucha gente se subió a una barca. De este modo, la gente se quedaba en la orilla y él desde la barca se puso a hablarles por medio de parábolas. Jesús trata de enseñar a la gente sencilla con imágenes de la vida ordinaria de quienes le escuchaban, casi siempre relacionadas con la naturaleza. Jesús adapta su enseñanza a la gente sencilla del campo, no ofrece ideas ni valores teóricos sino imágenes que dejan al oyente la libertad de interpretarlas o de situarse personalmente.

            Hoy escuchamos la parábola del sembrador que salió a sembrar y la semilla va cayendo en diferentes lugares: en el camino, entre piedras, entre espinos y en buena tierra. Según sea el lugar va a poder dar fruto o no. El sembrador siembra la semilla esperando que pueda fructificar, esa es la tarea y la razón de ser de la siembra, pero vemos que el fruto no depende del sembrador ni de la siembra. Esta parábola se refiere a la Palabra de Dios que nos llega a todos, pero no siempre da fruto en nuestra vida y la razón es que, a veces, no estamos preparados para acogerla, pues hay situaciones que le impiden crecer, fructificar y dar fruto. Tenemos que reconocer que, aunque escuchamos la Palabra de Dios, no siempre cae en buena tierra y, por lo tanto, no puede dar fruto. Por eso, esta parábola nos invita a que nos preparamos para la escucha de la Palabra o que nos demos cuenta de las posibles distracciones que impiden que la Palabra se haga vida en nosotros. En ocasiones, recibimos la Palabra con alegría, pero para que pueda dar fruto es necesario que eche raíces profundas, es decir, necesitamos meditar la palabra, hacer silencio en nuestro interior para que llegué hasta lo más profundo de nuestro corazón, para que los problemas y distracciones de la vida no impidan que la palabra se haga vida.