Evangelio
Domingo XVIII Tiempo Ordinario

Lc 12, 13-21



Texto: Ángel Andújar, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?».
Y les dijo:
«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola:
«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:
“¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo:
“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para SÍ y no es rico ante Dios».


Yo, yo y más yo

Vanidad de vanidades, todo es vanidad, dice el autor del Eclesiastés, destilando una visión un tanto pesimista de la vida, aunque haya quien piense que más que pesimista es realista. Nos esforzamos, luchamos, trabajamos y, al final, ¿para qué? En un momento, todo se viene abajo y la vida nos pone en nuestro sitio. O, peor aún, todo el fruto de nuestro trabajo se lo llevan otros, aprovechándose de nuestro esfuerzo. Parecería que todo en la vida es vanidad, mera ilusión. Y eso nos hace preguntarnos si tienen algún sentido el esfuerzo, el trabajo, la lucha.

Todo esto que aparece en la primera lectura de hoy trata de ser respondido desde la parábola del hombre rico del evangelio. Se trata de un hombre que se afana por trabajar y acumular mucho para tener lo suficiente para después poder descansar, comer, beber y banquetear alegremente.

En primer lugar, esta parábola nos muestra el absoluto egoísmo del personaje. Continuamente habla en primera persona, ensimismado en su yo: derribaré, construiré, almacenaré… yo, yo y más yo. ¿Nos suena este modo de hablar y actuar?

En segundo lugar, nos puede sorprender, o no tanto, la tremenda confianza que pone en los bienes materiales. ¿Pueden las riquezas garantizarnos una vida plena, auténtica, feliz? Eso nos creemos, pero no es así.

Por eso Jesús, con esta parábola, nos advierte tanto acerca del ensimismamiento como de la codicia. Vivir pensando solamente en uno mismo y en la propia seguridad no nos lleva a ningún sitio. La vida se hace auténtica cuando se comparte; la felicidad más plena se puede degustar cuando sabemos disfrutar de la presencia de otras personas que rodean nuestra existencia: cuando ensanchamos los puentes que nos unen a nuestros familiares, nuestras amistades, nuestros compañeros de trabajo, de estudios o de ocio. Y vivir pensando solamente en lo material, en el tener, en la seguridad que nos pueden dar las cosas, es muy peligroso, pues todo es efímero y, en cualquier momento, se nos escapa de las manos, sumiéndonos en la absoluta indigencia.

Volviendo a lo que decía Qohelet en la primera lectura, el Señor viene a decir que es preciso trabajar, esforzarse, dar de sí cuanto más mejor, pero no podemos poner la vida al servicio del trabajo, ni del tener y acumular, sino que todo esto hay que ponerlo en su justo lugar, un lugar secundario respecto a lo que es esencial.

Apreciemos la vida por la profunda belleza de lo pequeño y sencillo, de lo que no vale visto con los ojos materiales, pero es un tesoro a los ojos de la fe; disfrutemos de la inmensidad de la vida, del aire, de las olas del mar, del sonido de la lluvia, de la sonrisa de un niño, de la compañía amena del anciano, de la mesa compartida con el amigo.

No dejemos que la envidia, la avaricia, el egoísmo o el rencor posean nuestro corazón. Dejemos que el centro de nuestra existencia, lo que nos ocupe de verdad, sea el Dios de la ternura y del amor sin medida: Él, y nada más, es la riqueza auténtica, la posesión que no pasa.