Evangelio
Domingo XIX Tiempo Ordinario

Lc 12, 32-48



Texto: Miguel G. de la Lastra, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
Pedro le dijo:
«Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».
Y el Señor dijo:
«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas?
Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos.
Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá».


Distribuir

Acumular es una actividad en la que todos nos hemos visto en alguna que otra ocasión. En el fondo nos parece que si tenemos suficientes recursos podríamos hacer frente a cualquier dificultad y sentirnos libres del miedo a sufrir necesidad. La inteligencia de la humanidad ha tratado de protegerse ante la incerteza del futuro poseyendo más y más cosas, y así, el progreso de la humanidad, “encerrado dentro de la historia, queda expuesto al riesgo de reducirse sólo al incremento del tener; así, la humanidad pierde la valentía de estar disponible para los bienes más altos, para las iniciativas grandes y desinteresadas que la caridad universal exige”. (Caritas in Veritatem, 11).

La imagen del administrador nos presenta una postura completamente diferente ante los bienes. El administrador no los conserva sino que los distribuye. Su corazón no está en la cantidad de riqueza que hay en el almacén sino en los gritos de los consiervos necesitados. El buen administrador no es el que conserva los bienes, sino el que entrega lo necesario a los trabajadores.

Cuando pensamos en una gran persona nos encontramos con esa tensión del corazón, entre admirar al que ha conseguido muchos bienes y honores en la vida y el que ha conseguido que muchas personas le recuerden agradecidos por haberles dado lo necesario. La palabra de Lucas de hoy es clara “acumular tesoros en el cielo”, ya que todos los bienes que consigamos amontonar en la tierra estarán siempre bajo el peligro de que los roben, o de que se corrompan.

San Agustín nos propondría “transferir” los bienes de un banco a otro, de la tierra al cielo. A nosotros que tenemos esta tendencia a veces patológica de acumular bienes y reconocimiento para sentirnos seguros y completos nos diría “No quiero que pierda la piedad lo que acumuló la vanidad. Traspásalo. Tienes medios para que posean abundancia los pobres de Cristo”. (Semón 60,6). Pon tus bienes en los bolsillo de los pobres, donde no da tiempo a que la polilla lo corroa ni a que los ladrones los roben.

El evangelio de hoy nos invita a identificar el momento de la venida de Cristo con un uso ordenado de los bienes, con una justa administración de los bienes. Los empleados actúan como si su Señor ya estuviera presente, preparados a su llegada porque ya están viviendo como si hubiera venido, listos para el Reino. Todo cambio de gobierno trae un cambio de política económica, también el Reinado de Cristo. El Reino nuevo supone una gestión nueva de los bienes, una economía nueva, una divisa que cotice de forma distinta. Los que han nacido del Reino invierten en los activos del Reino, ponen sus ambiciones en las carteras de valores del Reino. Si rezamos “venga tu Reino”, si ponemos el corazón en el Reino, pongamos también la cartera y los bienes donde los pone Aquel que vino a traernos el Reino.