Evangelio
Miércoles XIX Tiempo Ordinario

Jn 12, 24-26



Texto: Javier Antolín, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

El que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».


El grano de trigo

Celebramos hoy la fiesta de San Lorenzo que era diácono de la iglesia de Roma y murió tras ser torturado por negarse a entregar al poder imperial los bienes que administraba para los pobres.  Su martirio es símbolo de entrega total, su muerte, su vida entregada es fecunda como la del grano de trigo que cae en tierra y muere.

            Una vez más nos encontramos con la paradoja evangélica que quien ama su vida, la pierde, en cambio, quien entrega su vida a los demás, la conservará para la vida eterna. El ejemplo de Lorenzo nos recuerda al mismo Cristo que no vivió para sí mismo, pues es como el trigo que cae en tierra y da fruto. Todos estamos llamados a ser fecundos, a dar fruto, a dar vida, es decir, dar nuestras vidas los unos por los otros. Este es el camino de la vida entregada, para dar fruto hay que morir, hay que transformarse, si no hay donación total no hay fruto. Cuando uno pretende buscarse a sí mismo, cuando el grano quiere mantenerse él mismo no da fruto, es necesario que muera para dar vida. Si queremos que el grano de trigo se multiplique y produzca fruto tiene que ocultarse en la tierra y transformarse para que pueda nacer la planta y aparecer la espiga y produzca fruto.

            Esta es la imagen, cuando uno se guarda a sí mismo, se encierra en sí mismo se pierde, en cambio, cuando uno se olvida de sí mismo y es capaz de morir a sus intereses, entonces es cuando renace y resucita a la vida nueva. La imagen del trigo que cae en tierra y muere es también una imagen de la resurrección, hay que morir para vivir, hay que ser enterrado en la tierra, para florecer y dar fruto. Tenemos miedo a morir, pero hoy reconocemos que, si no hay muerte, sin vida entregada no hay fruto abundante. La vida es una preparación para la muerte como acto final de nuestra donación total. No solamente estamos llamados a vivir para los demás sino a morir por los demás. Si queremos fructificar tenemos que entregarnos a los demás, si queremos que se nos conozca por nuestros frutos tenemos que aprender a morir. En realidad, el grano de trigo no muere, sino que se transforma, es una muerte que produce vida.