Evangelio
Domingo XX Tiempo Ordinario

Lc 12,49-53



Texto: José María Martín, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».


Jesús remueve nuestra conciencia

"He venido a prender fuego al mundo". El fuego era un elemento importante en la vida de Israel. Servía para destruir lo que era contagioso y malo, como los ídolos. En el Templo se debía siempre mantener el fuego del altar de los holocaustos para los sacrificios. El fuego es calor y luz, signo del Espíritu. El fuego está también ligado a la purificación de Dios y al juicio final. El fuego de su amor purificará el mundo, de ahí el deseo de Jesús: "¡Cuánto desearía que ya estuviera encendido!".

Jesús quiere que reaccionemos. "No he venido a traer la paz". Jesús quiere decir que no ha venido a traer la falsa paz. La paz verdadera no es la de la tranquilidad, ni la paz de la falta de compromiso, ni la paz que justifica la injusticia. Para que "estalle" la paz es necesario provocar cierta violencia interior para no quedarnos tranquilos con nuestro cristianismo acomodado y aburguesado. Cristo viene a despertar nuestra conciencia, a provocarnos en cierto modo. La respuesta a esta provocación puede generar falta de comprensión en la familia. En muchos casos se produce la división en la propia familia. Jesucristo no ha venido al mundo para dejar las cosas como están, para tranquilizar nuestras conciencias, para que nos olvidemos de las sangrantes injusticias de nuestro mundo. La paz de Jesús no es simplemente ausencia de guerra, es trabajo constante para derribar lo que impide la consecución de un mundo más humano.

Somos nosotros quienes hemos de ir ahora por el mundo con ese fuego de amor y de paz que encienda a otros en el amor a Dios y purifique sus corazones. El testimonio del evangelio en medio del mundo se propaga como un incendio. Cada cristiano se convierte en un punto de ignición en medio de los suyos, en el lugar de trabajo, entre sus amigos y conocidos...El evangelio no nos debe dejar indiferentes, transforma nuestra vida. Es esta la violencia interior de la que habla el evangelio de hoy, porque altera nuestra vida acomodada. Puede que seamos incomprendidos y rechazados. Pero el amor a Dios ha de llenar nuestro corazón. Cada encuentro con el Señor lleva esa alegría y la necesidad de comunicar a los demás este tesoro. Así propagaremos un incendio de paz y de amor que nadie podrá detener.