Evangelio
Miércoles XXIV Tiempo Ordinario

Jn 3, 13-17



Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios».


La fe, al amor y la vida

Aquel encuentro secreto y en la noche entre Jesús y Nicodemo tuvo que ser un espectacular momento de luz para aquel judío bien formado y convencido de sus creencias. Dejar que aquellas palabras de Jesús resuenen en nuestro corazón como parte de la buena noticia del evangelio ha de ser también luz para nuestro caminar. Son palabras del que ha bajado del cielo. Allí las cosas son más claras que aquí, seguro.

La propuesta es creer en alguien que va a ser elevado, entregado, crucificado. No es cualquiera. Es el que Dios amó tanto. Es el amor el que está en el origen de esta propuesta y solo el amor es lo que hace posible vivirla. No parece muy atractivo esto de creer en un crucificado; y, sin embargo, prestar adhesión, creer en este Hijo del hombre, te libra del juicio y de la muerte y te abre las puertas de la vida verdadera, de la vida eterna. Pero a creer, a ejercer esa fe que esta hecha de obras de amor se empieza aquí, en lo cotidiano y con quienes están a nuestro alrededor.

Acoger el amor de Dios expresado en la entrega de Jesús solo es posible amando. Y como dice la canción: amar es entregarse. Así la fe es fuente de vida.