Evangelio
Domingo XXV Tiempo Ordinario

Lc 16, 1-13



Texto: Miguel G. de la Lastra, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes.

Entonces lo llamó y le dijo:
“¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando”.

El administrador se puso a decir para sí:
“¿Qué voy a hacer, pus mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.

Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero:
“¿Cuánto debes a mi amo?”.

Este respondió:
“Cien barriles de aceite”.

Él le dijo:
“Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”.

Luego dijo a otro:
“Y tú, ¿cuánto debes?”.

Él contestó:
“Cien fanegas de trigo”.

Le dijo:
“Aquí está tu recibo, escribe ochenta”.

Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.

Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.

El que es de fiar en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto.

Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?

Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».


"No podéis servir a Dios y al dinero"

“No podemos servir al dinero”. Quizás el verbo no encaja muy bien. ¿Servir al dinero? Nosotros más bien nos servimos del dinero, lo usamos. Así que podríamos cambiar un poco la frase de Jesús y preguntarnos de quién nos servimos para tener seguridad, en quién confiamos la tranquilidad de nuestros días. Podríamos preguntarnos hoy cuantas deudas podemos soportar antes de que la angustia nos impida respirar, disfrutar de nuestra familia, divertirnos con los amigos ¿cuál es el mínimo de la cuenta corriente que podemos aguantar? Porque llevamos varios meses en los que parece que el mayor problema que tenemos es que los precios suben y los sueldos no llegan. ¡Y claro que eso es un problema! Pero no sé si el problema más importante.

Podríamos también tener otra tentación, la de querer corregir el evangelio. Como si le dijéramos a Jesús que el problema está en cómo usamos el dinero, en si lo usamos de forma justa o de forma injusta. Y no nos damos cuenta que esa es una forma de poder seguir poniendo en la riqueza nuestra seguridad, nuestra esperanza.

El problema es que el evangelio llama al dinero “injusto” en sí mismo. Nosotros lo pensamos como neutral, como un objeto que depende de su uso. Pero para Lucas el dinero tenía una intencionalidad en sí mismo, llevaba una imagen, la del emperador, y decía de quién dependía tu seguridad, tu pan, tu hogar, en definitiva, quién se ocupaba de que tuvieras una vida como la quieres tener. Decía quien eras, cuánto valía tu vida…¡el dinero podía comprarte la libertad!

Parece que estamos muy lejos de esa época, pero podríamos preguntarnos cuanto necesitamos el dinero para ser quienes somos, cuanto “disfrutamos” de las cosas que el dinero nos permite, de la libertad que nos regala, de los lugares en los que nos sitúa. También nosotros entramos en esa lógica de nuestra sociedad que nos acostumbra a disfrutar de la vida “a la medida de este mundo”. Y es terrible la afirmación de San Agustín de que “Cuando uno se goza en el mundo, no se goza en el Señor, y cuando se goza en el Señor, no se goza en el mundo” (Sermón 171)

Una sociedad edificada sobre un cimiento injusto, gobernada por hombres injustos, contagiando corazones ambiciosos e injustos. Y aún así, en este evangelio, nos aparece un “maestro de injusticia”, de “ajustada injusticia”. Un administrador hábil para ser mal administrador que administra bien, porque sitúa los bienes en los bolsillos donde deben estar. “¿Cuánto debes?” y condona las deudas, reduce los costes, libera la carga que el dinero había establecido. Esa carga que marca barreras entre quien tiene y quien no tiene, quien puede comprar y quien no puede hacerlo. “Toma tu recibo, aprisa, corrígelo”.

El dinero es injusto porque decide quién es dueño de los bienes y quién no y hace que el hombre se olvide que “al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” (GS 69, 1)

El administrador es injusto, sin duda un delincuente, pero es también un maestro que nos abre camino en medio de esa enfermedad del corazón que es la ambición, que nos engaña angustiándonos por ser dueños de la seguridad y nos impide ver que tenemos en las manos la seguridad de otros, el pan de otros. Un corazón enfermo que se olvida de que “todos somos mayordomos; a todos se nos ha confiado en esta vida una tarea de la que tenemos que rendir cuentas al gran padre de familia” (Sermón 359A)