Evangelio
Miércoles XXVI Tiempo Ordinario

Lc 9,57-62



Texto: Ameth Moreno, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno:
«Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
«Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
«Sígueme».
El respondió:
«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo:
«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó:
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».


La verdad de la llamada de Cristo

Hoy en día considerar la praxis cristiana nos invita a aproximarnos a la noción de vocación: llamados a, apalabrados por Cristo. De allí que nuestra respuesta involucra nuestras acciones ordinarias, que en reciprocidad corresponden a la amistad real con Cristo. Es así, como se nos aparece la Buena Noticia de hoy: Jesús nos vocaciona de una manera auténtica y sin escondrijos. Casi diríamos que se esfuerza en presentar obstáculos y que ciertamente no ayuda a que la decisión sea fácil. ¿Por qué lo hace? ¿Es solamente por honestidad, algo así como no pintar ilusiones en los posibles seguidores?

Si Jesús estuviera simplemente haciendo un contrato, el objetivo de esas palabras sería aclarar los términos de ese contrato. Pero el mensaje del Evangelio no es una negociación sino una palabra de gracia. Somos salvados por gracia, por pura misericordia de Dios, y ello no cambia, sino que se acentúa con el hecho de que uno entra al seguimiento más cercano de Cristo.

La exigencia de la llamada no la debemos tomar por exigencia a secas. Las adversidades y obstáculos que advierte nuestro Señor no tienen el objetivo de desanimarnos. Recordemos que la respuesta a la llamada implica una capacitación de parte de Dios, haciendo nuestros corazones magnánimos. Es así que cuando intuyamos que hay problemas que resolver y barreras que superar, también intuimos la grandeza de la meta. El realismo que desvelan las palabras de Cristo son una forma autentica de invitarnos a dar lo mejor de nosotros mismos por la única causa que genuinamente lo merece: vivir la verdad del Amor de Cristo hoy. Pidamos con San Agustín: “dadnos lo que mandáis y mandad lo que queréis” (Confesiones (X, XXIX: n. 40).