Evangelio
Domingo XXVII Tiempo Ordinario

Lc 17, 5-10



Texto: Ángel Andújar, OSA
Música: Acousticguitar 1. Audionautix

En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:
«Auméntanos la fe».
El Señor dijo:
«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:
“Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.
¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”?
¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».


"Auméntanos la fe"

Probablemente, muchas de las personas que escuchéis o leáis este comentario seréis personas de fe, creyentes. A buen seguro, nos apuntaríamos a lo que dicen los apóstoles al Señor: “Auméntanos la fe”. Sí, decimos que la tenemos, pero nos parece poca. Y nos gustaría creer más. Pues bien, el Maestro nos suelta aquello de “Si tuvierais fe como un granito de mostaza…”. ¿Qué está queriendo decir? ¿Qué basta con un poco de fe? ¿Qué los apóstoles – y quizá también hoy nosotros – no tenemos fe?

Lo que realmente nos indica Jesús es que al hablar de fe no se puede cuantificar: o se tiene… o no se tiene. Esto se entiende si tratamos de clarificar el concepto que tenemos de la fe. Se trata, ante todo, de una actitud de confianza, y aunque en ocasiones hablemos de que tenemos mucha o poca confianza, si esta tiene que ver con alguien, no con algo, o se tiene o no se tiene. La fe no hace referencia a algo, o a ideas abstractas, sino que tiene una referencia personal: Jesucristo, el Hijo de Dios. ¿Confiamos en Él? ¿Lo ponemos en el centro de nuestra existencia? Si es así, ya tenemos fe. De lo contrario, nuestra fe se pierde en la abstracción.

Las lecturas de hoy nos invitan a confiar en Dios, que se manifiesta en nuestra existencia tantas veces indigente. Ante las desgracias, violencias, catástrofes… que se suceden una tras otra, se nos invita a abandonar un espíritu cobarde y pesimista y dejar que la fe insufle en nosotros un espíritu de energía, amor y buen juicio. Afirma el profeta Habacuc que el justo vivirá por su fe, pues quien tiene esa fe como un grano de mostaza, cree en la justicia y la encarna en su existencia.

Otro aspecto relevante de este pasaje del Evangelio de hoy es la invitación a no creernos merecedores de nada. La parábola final nos llama a hacer lo que tenemos que hacer porque lo tenemos que hacer, no por el premio, el beneficio o el aplauso que podamos obtener. Cuando una persona se compromete por la justicia debe entender que no puede hacer cálculos acerca de lo que obtendrá a cambio. No somos mejores que nadie por haber obrado bien; lo nuestro es hacer las cosas como Dios las hace, para encontrarlo allí donde está. En este sentido, el ejemplo de Jesús es claro y meridiano: Él fue capaz de amar sin esperar ni recibir absolutamente nada a cambio. Ese es el amor auténtico que nace de la fe verdadera.

En una sociedad tan mercantilizada, en la que el sentido de la gratuidad parece no existir, la Palabra de Dios es un soplo de aire fresco, que nos puede ayudar también a replantear nuestra fe: ¿somos buenos para obtener el beneplácito de Dios, para que no bendiga y, además, nos premie en la “otra vida” tras la muerte? Estamos muy equivocados: la fe es gratuidad, y el amor auténtico no busca ningún premio, tampoco el de Dios. Amar y vivir en la justicia deben ser frutos de esa fe de quien confía en el Señor y ha puesto en el centro de su existencia la gratuidad.