Evangelio
Domingo XXIX Tiempo Ordinario

Lc 18, 1-8



Texto: José María Martín, OSA
Música: Autum Prelude

En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle:
“Hazme justicia frente a mi adversario”.
Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo:
“Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
Y el Señor añadió:
«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».


“Perseverancia en la oración”

        1-    La oración va unida a la fe. Decía San Agustín en una de sus homilías que "la fe es la fuente de la oración y no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua". Es decir, para poder orar y pedirle a Dios hay que creer primero y confiar en El. El domingo pasado se nos recordaba la importancia de la oración de acción de gracia, hoy Jesús nos anima a pedir con perseverancia, como hace la viuda del evangelio ante el juez injusto. Nos gusta más pedir que dar gracias, pero también es necesario pedir, pues quien pide es porque se siente necesitado y porque cree y confía en ese Alguien que puede ayudarle. Pedimos porque creemos, pero, al mismo tiempo, la oración alimenta nuestra fe. Quien no ora debilita su experiencia de Dios. Hemos de pedir a Dios que "ayude nuestra incredulidad". Si nos falla la oración ¿no será  porque nuestra fe también es tambaleante? Ocurre que frecuentemente no sabemos pedir y nos decepcionamos si Dios no nos concede lo que pedimos. No puede ser que Dios conceda a todos acertar el número de la lotería y es imposible que conceda a la vez la victoria a dos aficionados de dos equipos distintos que se enfrentan entre sí. Dios no es un talismán, o un mago que nos soluciona los problemas. Cuando pedimos algo nos implicamos en eso que pedimos y nos comprometemos a hacerlo realidad con la ayuda de Dios.

                2-    Debemos pedir realmente lo que necesitamos. Dios sólo habla en el silencio y la oración no es tanto hablar con el Padre, sino escuchar al Padre. Sólo el que escucha sabe pedir lo que le conviene. Es curioso observar cómo muchas veces acudimos a Dios en los momentos difíciles de nuestra vida, en espera de obtener esas gracias de orden material: salud, enfermedades, trabajo… ¡Qué pocos piden por su vida interior, por la paz espiritual, para tener un corazón más limpio y una purificación profunda en todas sus actitudes ante la vida!.. Frente a un mundo amoral en el que nos movemos, en donde todo se compra y se vende y las personas se reducen a objetos de uso y disfrute, los cristianos hemos de ofrecer espacios de meditación en los que podamos encontrar un poco de paz y alegría.

                  3- Orar siempre, sin desanimarnos. Empezar  a orar es fácil. ¡Qué difícil es la perseverancia! Qué cierto es que el empezar es de muchos y el terminar de pocos. Lo sabemos por experiencia propia. Es necesario orar siempre, sin desanimarse nunca. Sin embargo, muchas veces no es así y fácilmente abandonamos la oración.  Si un hombre malvado, como era el juez, actuó de aquella forma, qué no hará Dios con quienes son sus elegidos y le gritan de día y de noche. De nuevo tenemos la impresión de que Dios está más dispuesto a dar que el hombre a pedir.  Lo que ocurre es que nos falta fe. Por eso, a continuación de esta parábola, el Señor se pregunta en tono de queja si cuando vuelva el Hijo del hombre encontrará fe en el mundo. Da la impresión de que la contestación es negativa. Sin embargo, Jesús no contesta a esa pregunta, a pesar de que Él sabe cuál es la respuesta exacta. Sea lo que fuere, hemos de poner cuanto esté de nuestra parte para no cansarnos de acudir a Dios, una y otra vez, todas las que sean precisas, para pedirle que nos acompañe, que tenga compasión de nuestra inconstancia en la oración. Sin Él no podemos hacer nada…….