Evangelio
Domingo XXX Tiempo Ordinario. DOMUND

Lc 18, 9-14



Texto: Ángel Andújar, OSA
Música: Autum Prelude

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo:
“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».


Fraiseo o publicano

Fariseo o publicano: ¿a quién me parezco yo? Esta es la pregunta que, de forma inmediata, brota de nuestro corazón al escuchar esta parábola. Y la respuesta no es fácil, es más, diríamos que resulta peligroso tratar de responder precipitadamente. Reflexionemos.

Se trata de dos personas religiosas, pues ambas han acudido al templo a orar, que coinciden en lo que hacen, pero difieren totalmente en cómo lo hacen. La primera es una actitud altanera, representada en su postura corporal, que denota tres características preocupantes:

  • Se cree autosuficiente, pues no hace sino presumir ante Dios de lo bien que hace las cosas y de los méritos contraídos.
  • Tiene una actitud despectiva hacia las demás personas (no soy como los demás hombres, viene a decir).
  • Ve su relación con Dios en clave comercial: he hecho méritos y ahora Dios me tiene que pagar recompensándome.

La actitud del publicano, muy al contrario, presenta estas características:

  • Reconoce la propia indigencia, asumiendo su condición frágil y pecadora.
  • No se compara con nadie, asumiendo que uno ya tiene bastante consigo mismo como para andar mirando lo que otros hacen.
  • Su relación con Dios descansa en la confianza, sabiendo que ante Él no hay méritos ni obras que valgan.

Jesús no quita valor a las buenas obras hechas por el fariseo. Seguramente era un fiel seguidor de la ley judía, como podemos ser muchos de nosotros respecto de la fe cristiana. Pero, ¿por qué realiza sus buenas obras? ¿Para ganarse el favor de Dios? ¿Para sentirse mejor que las demás personas? ¿O para ambas cosas a la vez? Lo que hace con esta forma de actuar es vivir una religiosidad cargada de hipocresía y falsedad, que le aleja del hermano y, por tanto, de Dios.

Guardémonos, pues, de esas actitudes farisaicas que pueden anidar en nuestro corazón, haciéndonos creer que estamos por encima de los demás y más cerca de Dios y su favor.

Por último, tengamos cuidado también a la hora de identificarnos con el pobre publicano. Alabando, sin duda, las actitudes que anteriormente señalábamos, este personaje puede simbolizar a quienes no tienen ningún tipo de confianza en sí mismos y creen que hacen todo mal, incapaces de atribuirse ningún tipo de méritos. Por desgracia, sabemos que hay muchas personas que pasan por la vida con el depósito de la autoestima bajo mínimos, sin tomar conciencia de que, como criaturas de Dios, son templos de su Espíritu. No es buena una religiosidad basada en los golpes de pecho y el desprecio de uno mismo.

En definitiva, ni engreimiento ni autodestrucción. El mundo está lleno de fariseos y publicanos, pero el Evangelio nos pone en alerta para que evitemos los perniciosos extremos.