Evangelio
Conmemoración de los fieles difuntos

Lc 13,22-30



Texto: Javier Antolín, OSA
Música: Autum Prelude

Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».


Somos del Señor

Celebramos hoy la conmemoración de todos los difuntos, recordamos a todos aquellos que nos han precedido, pero lo hacemos desde nuestra fe que confiesa que Cristo ha muerto y ha resucitado.

            La muerte es una realidad de la vida que tarde o temprano nos toca. Ante la muerte aparecen sentimientos de miedo e incertidumbre, sentimientos humanos que no conviene disimular. Las palabras de Jesús nos pueden ayudar a superar el temor y desasosiego que provoca la hermana muerte, pues nos quieren trasmitir la confianza cierta de que vamos a Él y no nos va a echar fuera.

            Jesús ha sido enviado no para hacer su voluntad sino la voluntad del Padre que lo envía. Y la voluntad del Padre es que no se pierda ninguno de los que le ha dado, sino que los resucite en el último día. Estas palabras nos vienen como un bálsamo frente a la tristeza que nos provoca la muerte. La voluntad del Padre es que todo el que ve al Hijo y cree en Él, no se pierde, sino que tiene vida eterna y vivirá con Dios para siempre. En esta fe y confianza enterramos a nuestros difuntos, les dejamos en manos del Padre que nos ha dado la vida temporal y quiere también darnos su misma vida eterna.

            Estos días se celebra Halloween y los niños se disfrazan y divierten, pero no les hablamos de la muerte, como si no estuvieran preparados. Tampoco nosotros entendemos ni estamos preparados para comprender la muerte, pero es un hecho al que tenemos que enfrentarnos. No hay que aterrorizar con la muerte, pero tampoco ignorarla o callar.

            Los cristianos sabemos de dónde venimos y a dónde vamos, como dice el apóstol: “en la vida y en la muerte somos de Dios”. Le pertenecemos a Él y no quiere que nadie se pierda, sino que tenga vida eterna. Con esa esperanza caminamos y recordamos a nuestros difuntos.