Evangelio
Domingo XXXII Tiempo Ordinario

Lc 20, 27-38



Texto: José María Martín, OSA
Música: Autum Prelude

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano . Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».
Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos
no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».


Esperanza en la vida eterna

1.- ¿Hay vida después de la vida? Acabamos de celebrar el día de los difuntos. En las tumbas egipcias hay multitud de detalles que reflejan su concepción sobre el más allá: es una prolongación de este mundo. Por eso, se momifica el cuerpo del difunto, aparecen pintados en las paredes objetos de la vida cotidiana, sobre todo aquellos relacionados con la vida placentera. El descubrimiento de la tumba de Tuntakamón, un faraón que murió joven y no tuvo ninguna importancia en la historia, permitió el conocimiento de la vida cotidiana en Egipto, pues allí se describía todo lo que tenía que ver con la vida terrenal, que continuaba en la otra vida. Esta idea es la que subyace en el planteamiento de los saduceos, aunque ellos en el fondo no creían en la resurrección. Sin embargo, hacen una pregunta trampa a Jesús para ponerlo en evidencia. A pesar de que en el Antiguo Testamento poco a poco, de forma progresiva, Dios fue revelando el misterio de la resurrección, los saduceos estaban anclados en el pasado y se negaban a aceptar la existencia de otra vida. No tenían en cuenta el libro del profeta Ezequiel, cuando Dios reanima los huesos secos, ni tampoco el segundo Libro de los Macabeos, donde se expone claramente la fe en la resurrección. El Libro de la Sabiduría, el último del Antiguo Testamento, corrobora esta creencia en la vida después de la vida.

2. - Jesús aclara el concepto de resurrección y lo que significa para el cristiano. Es otra dimensión. No se trata de una simple reanimación del cuerpo, ni de una prolongación de esta vida. Por eso, es absurdo el planteamiento de los saduceos. Estos se apoyan en la ley del levirato que obligaba al hermano del difunto a casarse con la viuda cuando ésta no tiene a nadie que la mantenga. Si una mujer se casa siete veces, ¿quién será su marido en la otra vida? Jesús responde diciendo que cuando morimos aquí participamos en la resurrección, mediante la cual no volvemos a morir. Porque Dios es un Dios de vivos, no de muertos, es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. En la vida en plenitud no importará si uno está casado o soltero, es una vida nueva, donde se manifestará de verdad que somos hijos de Dios y le "veremos tal cual es". El error está en confundir el cuerpo con la materia. No es el cadáver lo que se reanima con la resurrección, es todo nuestro ser el que participa de una vida eterna, que no se acaba, que plenifica, que nos hace felices para siempre. Nos espera el encuentro con Dios, que nos quiere entrañablemente. Hemos de vivir con esperanza, como expresa San Agustín en uno de sus sermones:

¿Adónde hay que seguir al Señor? Sabemos adónde va: allí hay que seguirle. No hay motivo alguno para perder la esperanza; no porque el hombre pueda algo, sino por la promesa de Dios. El cielo estaba lejos de nosotros antes de que nuestra cabeza subiera a él. ¿Por qué perder la esperanza, si somos miembros de tal cabeza? ¿Quién no quiere seguir a Cristo a aquel lugar en que la felicidad es suma, como también la paz y la seguridad perpetua? (Sermón 96, 3-4).