Evangelio
Miércoles XXXII Tiempo Ordinario

Lc 17, 7-10



Música: Autum Prelude

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
«Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito:
«El celo de tu casa me devora».
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
«¿Qué signos nos muestras para obrar así?».
Jesús contestó:
«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré».
Los judíos replicaron:
«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.


Espacios de encuentro con Dios

Hoy podemos entrar en el evangelio desde la perspectiva de los espacios de encuentro con Dios. Los gestos y palabras de Jesús en el templo de Jerusalén pueden ser una llamada de atención fuerte a nuestras costumbres religiosas; a cómo creamos los espacios de encuentro con Dios y qué hacemos con ellos. Late una pregunta… ¿Nuestros espacios religiosos son espacios, lugares, para el encuentro con Dios? ¿Les dejamos ser eso o les desnaturalizamos con demasiado ropaje, con demasiadas “mediaciones” que no siempre conducen al encuentro con Dios? ¿No serán, a veces mediaciones para nosotros, para encontrarnos más a gusto, para beneficiarnos?

El evangelio habla con claridad de que es en Cristo donde nos encontramos verdaderamente con Dios. Él es el verdadero templo, el verdadero espacio de comunión con lo eterno. Pero es una comunión que pasa por lo concreto de la carne, por la cruz, por la resurrección, por lo humano redimido y salvado. También en lo concreto y en las vicisitudes sufrientes de la vida. La comunión con Dios pasa por una humanidad nueva.