Evangelio
Domingo XXXIV Tiempo Ordinario. Cristo, Rey del universo

Lc 23,35-43



Texto: Miguel G. de la Lastra, OSA
Música: Autum Prelude

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo:
«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:
«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
Había también por encima de él un letrero:
«Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:
«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
Y decía:
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le dijo:
«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».


Rey en la cruz

Murió por ser Rey. Así lo declara el letrero que se colocaba a los crucificados para que todo el mundo entendiera el motivo de un castigo tan terrible. Todo el recorrido de la vida de Jesús había hablado de la llegada del reinado de Dios. Los milagros, las acciones prodigiosas, el dominio sobre la naturaleza y sobre los espíritus inmundos iba calentando los corazones con esa nueva esperanza de que esta vez sí que iba a llegar el Reino de Dios. La muchedumbre le seguía convencida de que este sí que era el mesías esperado por tanto tiempo.  Y ahí estaba, colgado de la cruz.

Los judíos se burlan de él, los magistrados le desprecian. Tampoco es extraño, ya que para ser un rey la cruz no le pega mucho. La cruz no es muy de reyes, más bien es de esclavos. Sólo uno ve lo que los demás no ven. Porque todos están buscando el Reino donde no está. Están deseosos de que Dios venga a Reinar, pero que reine sobre la parte buena del hombre, o que reine en nuestras oscuridades y miserias para arrancarlas. Están buscando un Rey que deje fuera el egoísmo y la envidia, la venganza y la violencia. Que los aniquile para poder reinar sobre lo que queda.

Quizás no acabamos de entender que Dios quiere ser Rey de todo el ser humano, también de sus partes más oscuras. Dios quiere gobernar por encima de todos los poderes de la tierra pero también por encima de las mayores miserias. Por eso acepa el camino de la Cruz, porque no está dispuesto a hacer trampas y renunciar a ser también rey ahí, en la cruz, en el sufrimiento y en el desprecio ¿Acaso no se puede reinar desde ahí? Desde el desprecio y el fracaso, y no sólo desde el éxito y la victoria.

Estamos tan necesitados de triunfo y tan asustados ante el fracaso que cuando miramos a la Cruz no vemos lo que hay, porque miramos lo que hay para nosotros. Pero el ladrón, que ya no espera nada para sí, que sabe que en la Cruz no hay nada para él, mira lo que hay para otro. Sale de sí para entrar en el lugar de otros. Y es precisamente el madero de la Cruz el que le permite reconocer al Rey. No sólo porque le da un puesto privilegiado para contemplarle sino porque la Cruz le permite comprender quién es Jesús. Es tan absurdo que Jesús esté en la Cruz que el ladrón tiene que reconocer que las cosas no pueden acabar así. Su propio dolor, tan cruel como merecido le ayuda a descubrir lo que los demás no ven. Ese hombre es justo, y no puede estar en la Cruz. La misma justicia de Dios le ata a él al madero y tiene que librar a Jesús del suyo. La cruz del ladrón es una prueba de la existencia de la justicia y por lo mismo es una prueba de la esperanza de que Jesús no puede terminar ahí. “acuérdate de mí”. La Cruz fue la escuela que le enseño a mirar, que le abrió los ojos: “Colgado de la cruz junto al Señor, reconoció al Señor en la cruz. Los otros no lo reconocieron cuando hacía milagros, y este lo reconoció pendiente de la cruz”. (In Salm 39)