Miércoles XVI Tiempo Ordinario

Escrito el 26/07/2023
Agustinos


Texto: Ángel Andújar,  OSA
Música: Autum prelude

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.

Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.

Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.

Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra sesenta; otra, treinta.

El que tenga oídos, que oiga».


El que tenga oídos, que oiga

La parábola del sembrador, que hemos leído una y mil veces, no siempre es comprendida en todo su alcance. A veces nos quedamos con el elemento más anecdótico, el de los cuatro tipos de tierra sobre los que cae la semilla, convirtiéndola en una parábola moralizante con la cual el Señor nos estaría urgiendo a ser tierra buena. Pero vayamos a lo nuclear de la parábola.

En primer lugar, llama la atención el nombre que da al personaje: el sembrador. Realmente ese oficio no existe así de forma aislada; quien siembra la tierra, además la habrá arado previamente, y luego tendrá que entrecavarla, y finalmente tendrá que cosecharla. Es el oficio del labrador, pero Jesús, por alguna razón, habla solamente del sembrador. Probablemente se está dirigiendo a sus discípulos, llamados a sembrar la semilla del Reino, y les está haciendo comprender que lo suyo es sembrar, y nada más, sin poner sus expectativas en recoger los frutos.

Para ser sembradores de la palabra de Dios es preciso que evitemos ser resultadistas. Se trata de remar contra corriente, en una sociedad en la que parece que todo se mide por el éxito, por los datos visibles, por el triunfo rápido. Pero los ritmos de la fe son otros.

Cuando un agricultor esparce la semilla por la tierra, ha tratado de prepararla lo mejor posible, pero asume que no brotará igual en todas partes y que, por otro lado, tendrá que armarse de paciencia hasta que empiece a brotar algo de la tierra. En el caso de la fe sucede igual; lo nuestro es sembrar, tratar de compartir ese tesoro que Dios ha sembrado en nuestros corazones, sin poner las expectativas en los resultados. Hoy somos conscientes de que la fe no es algo fácil de presentar ante nuestra sociedad de las prisas y lo inmediato. Debemos armarnos de paciencia y, con perseverancia y creatividad, seguir esparciendo las semillas de la fe en todo tipo de tierras. Y, después, dejemos a Dios ser Dios, no queramos ocupar su lugar; sus cosas tienen su ritmo propio y, a buen seguro, en lo oculto de la tierra, los brotes irán surgiendo de forma oculta, misteriosa, pero real.