Reflexión agustiniana

Escrito el 19/07/2025
Agustinos


Jesús nos da razón para esperar

Jesús, además de dar las razones para esperar lo que debemos esperar, nos presenta las actitudes que son el soporte de la esperanza: “La pasión de Cristo simboliza las calamidades de esta vida; su resurrección muestra la felicidad de la vida futura. Fatiguémonos en la presente y esperemos la futura. Ahora es el tiempo de la faena, entonces será el del salario. Quien es perezoso para realizar su tarea, es un desvergonzado si exige el salario. Escuchasteis lo que el Señor dijo a sus discípulos después de la resurrección. Los envió a predicar el Evangelio, y así lo hicieron; predicado, llegó hasta nosotros. Y mirad: Por toda la tierra se extendió su sonido, y sus palabras hasta los confines del orbe de la tierra. Paso a paso, el Evangelio llegó hasta nosotros y hasta los confines de la tierra. En breves palabras, hablando a sus discípulos, estableció lo que debemos hacer y lo que debemos esperar. Dice, en efecto, según oísteis cuando hablaba: Quien crea y se bautice sanará. Se nos pide la fe y se nos ofrece la salvación: Quien crea y se bautice sanará. De gran valor es la promesa; don gratuito el cumplimiento de lo mandado” (Sermón 233, 1).

            Pero, además, como ya sabemos, él mismo se ha convertido en camino para los caminantes y se ha hecho caminante con los caminantes: “Luego quien tuvo tanto poder, sintió hambre, sed, se fatigó, durmió, fue apresado, flagelado, crucificado, matado. Tal es el camino: camina por la humildad para llegar a la eternidad. Cristo Dios es la patria adonde vamos; Cristo hombre, el camino por donde vamos. A él vamos, por él vamos; ¿por qué tememos errar el camino? Sin alejarse del Padre vino a nosotros; tomaba el pecho, y contenía en sí el mundo; yacía en un pesebre y era el alimento de los ángeles. Era Dios y hombre: el mismo que era hombre era Dios, y el mismo que era Dios era hombre. Pero no era hombre por lo mismo que era Dios. Era Dios porque era la Palabra; era hombre porque la Palabra se hizo carne. Era Dios al permanecer en su ser; hombre, al asumir carne humana, añadiendo lo que no era sin perder lo que era. Por tanto, al presente, siguiendo el camino de la humildad, ya sufrió la pasión, ya murió, ya resucitó, ya subió al cielo; y a la vez que allí está sentado a la derecha del Padre, aquí está necesitado en sus pobres” (Sermón 123, 3). Y como queriendo apuntalar bien las cosas, para no llevarnos a engaño, dice: “Estando así las cosas, hermanos, aún somos peregrinos en esta vida, aún suspiramos, mediante la fe, por aquella no sé qué patria. Y ¿por qué hablo de no sé qué patria, a pesar de ser ciudadanos de ella, sino porque, peregrinando muy lejos, la hemos olvidado, hasta el punto de poder expresarme como yo lo he hecho? Este olvido lo expulsa del corazón Cristo el Señor, el rey de la misma patria, viniendo a encontrar a los peregrinos; tomando la carne, su divinidad se convierte para nosotros en camino para que caminemos por Cristo hombre y permanezcamos en Cristo Dios” (Sermón 362, 4).

            Podemos afirmar que acompañar a Cristo por el camino lleva consigo recuperar la esperanza y tener paciencia: “Guardaos, pues, hermanos, de que con tales charlatanerías se corrompan vuestras costumbres, de que decaiga la esperanza, se debilite la paciencia y vayáis a dar en caminos tortuosos. O mejor, manteneos con humildad y mansedumbre en los caminos rectos que os enseña el Señor, a los que se refiere el salmo: Dirigirá a los humildes en el juicio, enseñará a los mansos sus caminos. Si no es humilde y manso, nadie puede conservar perpetuamente la paciencia en medio de las fatigas de este mundo, sin la cual no se puede custodiar la esperanza de la vida futura” (Sermón 157, 2). El Espíritu Santo nos recuerda que no estamos todavía en la patria y que hemos de seguir anhelando por ella y esperando: “El Espíritu Santo, pues, no gime en sí mismo cabe sí mismo en la Trinidad, en la dicha, en la eternidad de sustancia, sino que gime en nosotros porque nos hace gemir. Y no es cosa pequeña que el Espíritu Santo nos enseña a gemir, pues nos sugiere que estamos desterrados y nos enseña a suspirar por la patria. Y por este deseo gemimos” (Comentario a Juan 6, 2).

Santiago Sierra, OSA