El hospicio agustino de santoTomás de Villanueva en Ciudad de Méjico
A raíz del descubrimiento de Filipinas varias órdenes religiosas comenzaron una intensa labor de evangelización que durará hasta finales del siglo XIX. El Rey Felipe II que había inspirado y ordenado la ocupación de las islas, que recibirán su nombre como Filipinas, se preocupó de que se llevara a cabo el trabajo de evangelización. En las Cortes de Monzón, en Aragón, el 5 de septiembre de 1585 dictó la Ley XXV del Título XIV de las leyes de Indias. En ella decía: “encargamos a las provincias que no impidan el viaje a los religiosos que con nuestra licencia quisieran ir a Filipinas”, y el Rey pagará el viaje, manutención y otros gastos. La presencia de españoles en las islas siempre fue escasa, excepto los funcionarios, ya que los que salían de la península preferían emigrar a las tierras americanas, mucho más ricas y con mejores posibilidades de enriquecerse. Por esta razón era muy necesaria la llegada de misioneros allí, y así será hasta la emancipación de las islas de España en 1898.
Ese trabajo de predicación fue llevado a cabo por religiosos mejicanos en los primeros años, pero fundamentalmente por españoles. Para el envío de religiosos desde España las instituciones utilizaron la ruta habitual en este tiempo y única hasta el siglo XVIII. La expedición de misioneros se hacía en grupos, llamados barcada o misiones, desde el puerto de Sevilla, Cádiz o el Puerto de Santa María. La travesía duraba unos pocos meses hasta arribar al puerto de Veracruz, en la costa oriental mejicana. Una vez en ese territorio se realizaba el camino para subir a la ciudad de Méjico que llevada varios días. Instalados en la capital, era necesario aguardar la próxima salida del galeón de Manila que hacía el trayecto de forma periódica entre Acapulco y Manila. Una vez a bordo del barco se navegaba hacia el Oeste varios meses hasta recalar en el archipiélago filipino.
Esta larga travesía y estancia en Méjico se prolongaba durante muchos meses e incluso podía supera el año, exigía una organización y preparación larga y compleja que incluía los permisos reales del Consejo de Indias y el dinero para sufragar el embarque, así como las infraestructuras para acondicionar a los misioneros, primero en el puerto de salida, Cádiz o Sevilla, y después en Méjico a la espera de la partida desde el puerto en Acapulco en el Pacífico. Todo ello suponía gastos muy elevados que eran sufragados por la provincia religiosa, y que contaba con el pago del viaje por parte del Estado. El punto clave en este periplo era la estancia de los religiosos en la ciudad de Méjico esperando la salida de la nao de Acapulco o galeón de Manila. Este tiempo de permanencia se alargaba varios meses e incluso hasta más de un año, como un caso en que estuvieron tres años.
La estancia en ciudad de Méjico exigió a las autoridades religiosas prever y acondicionar una residencia en esa ciudad. La solución en los primeros momentos fue recurrir a sus hermanos y conventos mejicanos de la misma Orden, pero pronto se vieron inconvenientes y roces entre los recién llegados y los residentes, siendo uno de los problemas el deseo de algunos misioneros de quedarse en el país y no proseguir viaje a Filipinas. Otra solución, aunque tenía sus problemas, era buscar posadas o casas arrendadas, lo que suponía romper el grupo y dejar de estar todos juntos, además de otros reparos por esta dispersión y falta de control. Así sucedió en la primera misión de 1660 en la que iban 12 religiosos y el Comisario Procurador Fr. José de Paternina. Por falta de barcos debieron esperar mucho tiempo, ya que estuvieron desde julio de 1660 a diciembre de 1663, con lo que esto supuso de más gastos.
Con mayor o menor prontitud las órdenes religiosas establecerán un recinto propio, que recibió el nombre de hospicio, por ser un lugar de paso, no un convento, dirigido por un mínimo número de religiosos, el Presidente y dos o tres hermanos coadjutores. Estos eran los encargados de tener preparada la residencia, el avituallamiento, alimentación y demás necesidades, para recibir a las misiones que llegaban camino de las Islas Filipinas con la ropa deteriorada y la debilidad física propia del viaje.
Así fue como se crearon los hospicios de los agustinos, los dominicos, franciscanos descalzos, agustinos recoletos y jesuitas, aunque estos últimos utilizaron las casas de sus hermanos de Méjico. Muy pronto se habían fundado provincias religiosas independientes de las de España, como la Provincia de Filipinas de los agustinos, la Provincia de San Gregorio de franciscanos descalzos, San Nicolás de Tolentino de los recoletos, o el Santo Rosario de los dominicos. El hospicio de los agustinos se llamará de Santo Tomás de Villanueva, y estará activo hasta la independencia de Méjico.
Fr. Ricardo Paniagua, OSA