Habla San Agustín. Conversión (Confesiones, VIII, 12, 28-29) + "¡Hoy no! ... ¡Mañana!",

Escrito el 24/04/2021
Agustinos

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Música: Gregoire Lourne, Africa the Cradle of life
Reflexión: Agustín Riveiro, OSA

¿Por qué no hoy?

Mas yo, tirándome debajo de una higuera, no sé cómo, solté la rienda a las lágrimas, brotando dos ríos de mis ojos, sacrificio tuyo aceptable. Y aunque no con estas palabras, pero sí con el mismo sentido, te dije muchas cosas como éstas: ¡Y tú, Señor, hasta cuándo! ¡Hasta cuándo, Señor, has de estar irritado! No te acuerdes más de nuestras maldades pasadas. Me sentía aún cautivo de ellas y lanzaba voces lastimeras: «¿Hasta cuándo, hasta cuándo, ¡mañana!, ¡mañana!? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no poner fin a mis torpezas ahora mismo?».

Decía estas cosas y lloraba con muy dolorosa contrición de mi corazón. Pero he aquí que oigo de la casa vecina una voz, como de niño o niña, que decía cantando y repetía muchas veces: «Toma y lee, toma y lee» (tolle lege, tolle lege).

De repente, cambiando de semblante, me puse con toda la atención a considerar si por ventura había alguna especie de juego en que los niños acostumbrasen a cantar algo parecido, pero no recordaba haber oído jamás cosa semejante; y así, reprimiendo el ímpetu de las lágrimas, me levanté, interpretando esto como una orden divina de que abriese el códice y leyese el primer capítulo donde topase.

Porque había oído decir de Antonio que, advertido por una lectura del Evangelio, a la cual había llegado por casualidad, y tomando como dicho para sí lo que se leía: «Vete, vende todas las cosas que tienes, dalas a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos, y después ven y sígueme». Se había al punto convertido a ti con tal oráculo.

Así que, apresurado, volví al lugar donde estaba sentado Alipio y yo había dejado el códice del Apóstol al levantarme de allí. Lo tomé, lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que se me vino a los ojos, que decía: No en comilonas y embriagueces, no en lechos y en liviandades, no en contiendas y emulaciones sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no cuidéis de la carne con demasiados deseos.

No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues al punto que di fin a la sentencia, como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas.

Después entramos a ver a mi madre, indicándoselo, y se llenó de gozo; le contamos el modo como había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba victoria, por lo cual te bendecía a ti, que eres poderoso para darnos más de lo que pedimos o entendemos, porque veía que le habías concedido, respecto de mí, mucho más de lo que constantemente te pedía con sollozos y lágrimas piadosas.

 

(San Agustín,  Confesiones, VIII, 12, 28-29)

  



¡HOY NO!...¡MAÑANA!

José Mota popularizó esa frase, “¡Hoy no, mañana”. Nos da pereza cambiar, lo sabemos, pero hay cambios que son necesarios para nuestra evolución como personas con el fin de encontrar no solo la felicidad, sino el sosiego y nuestra propia integridad.

“La conversión de San Agustín”, que se celebra el 24 de abril, día de su bautismo, parte de éste hito, la encrucijada de posponer todo para mañana, así lo narra en ‘Las Confesiones’,  - como hemos escuchado - Libro VIII, capítulo XII. “Más yo, tirándome debajo de una higuera, no sé cómo solté la rienda a las lágrimas, brotando dos ríos de mis ojos, sacrificio tuyo aceptable. Y aunque no con estas palabras, pero sí con el mismo sentido, te dije muchas cosas como éstas: ¡Y tú, Señor, hasta cuándo! ¡Hasta cuando, Señor, has de estar irritado! No te acuerdes más de nuestras maldades pasadas. Me sentía aún cautivo de ellas y lanzaba voces lastimeras: “¿Hasta cuándo, hasta cuándo, ¡mañana!? ¿Por qué no poner fin a mis torpezas ahora mismo?”…

Decía estas cosas y lloraba con muy dolorosa contrición de mi corazón. Pero he aquí que oigo de la casa vecina una voz, como de niño o niña, que decía cantando y repetía muchas veces: “Toma y lee, toma y lee” (tolle lege, tolle lege)… Así que, apresurado, volví a leer el capítulo 13,13-14 de la Carta de San Pablo a los Romanos, “Nada de comilonas y borracheras….Revestíos más bien del Señor Jesucristo.”

Desde ese momento, San Agustín descubrió que Dios era principio y fin, sentido de toda su vida, referente y guía en su caminar. Todos hemos de cambiar, mejorar, convertirnos, ¿Por qué seguimos diciendo, “¡Hoy no!... ¡Mañana!”?