Reflexión agustiniana

Escrito el 16/04/2022
Agustinos


Respeto y admiración

Todo lo que existe es caricia de Dios, todo nos revela su misterio. Pero es sobre todo el mundo animal el que nos enseña y muestra la grandeza de Dios: “Pregunta a las bestias, y te instruirán; a las aves del cielo, y te informarán; a los reptiles del suelo, y te darán lecciones; te lo contarán los peces del mar; con tantos maestros, ¿quién no sabe que la mano de Dios lo ha hecho todo?” (Job 12, 7-9). La actitud apropiada ante este mundo animal ha de ser la admiración y el respeto. Agustín se admira ante el canto armonioso del ruiseñor y las operaciones vitales de otros animales y se remite a su origen: “Es también muy para ponderarse cuán armoniosas y suaves melodías nos transmite el aire cuando canta el ruiseñor, melodías que el alma de aquella avecilla no desgranaría tan a su placer si no las llevase impresas de un modo incorpóreo en su movimiento vital. Nótese el mismo fenómeno en los demás animales, privados de razón, pero no de sentidos. Pues ninguno hay entre ellos que, ora en la modulación de la voz, ora en otra clase de movimientos y operaciones vitales, no lleve algo armonioso y, en su género, moderado, no por aprendizaje alguno, sino regulado, dentro de los secretos términos de la naturaleza, por aquella ley inalterable, origen de toda armonía” (La verdadera religión 42, 79).

Agustín admira el caballo, pero sabe que la misericordia de Dios está detrás de toda la realidad de este animal: “¿Acaso le habla el caballo a alguien, prometiéndole la victoria? Sin embargo, cuando tú ves un caballo de buena apariencia, dotado de fuerza, veloz en su carrera, todo esto te están como prometiéndote la victoria de su parte. Pero esto es mentira si Dios no te protege… ¿Dónde encontraré mi salvación? no debido a sus méritos, no debido a su vigor, no debido su fuerza, no debido a su caballo, sino debido a su misericordia” (Comentario al salmo 32, II, 2, 24). Se admira también del caminar gracioso de pequeños animales: “Hace poco, estando en el campo, en Liguria aquellos nuestros jóvenes que estaban entonces conmigo por razón de sus estudios, recostados en tierra a la sombra, observaron un animalito de muchos pies que reptaba, es decir, un gusanillo largo. Es conocido de todos, pero lo que ahora diré jamás lo había experimentado en él” (La dimensión del alma 31, 62).

Pondera la hermosura del mar, su colorido y de todo lo creado. Se admira de los pequeños y grandes animales. Contemplar tanta hermosura produce placer y deleite: “Harto brilla y resplandece en la fúlgida y variada hermosura del cielo, la tierra y el mar; en las frondosidades de los bosques, los colores y aromas de las flores; en la multitud y diversidad de parleras y pintadas aves; en la multiforme hermosura de tantos y tan grandes animales, de los cuales suscitan mayor admiración los que son más pequeños (más nos sorprendemos ante las obras de las hormigas y las abejas que ante los desmesurados cuerpos de las ballenas); en el espectáculo grandioso del mismo mar, cuando se nos presenta engalanado de diversos colores como otros tantos vestidos, y ya aparece verde con mil matices, ya purpúreo, ya azulado. ¿Con qué placer no se contempla también cuando se embravece, y se origina mayor deleite por recrear al que lo contempla sin azotar ni sacudir al navegante?” (La ciudad de Dios 22, 24, 3).

Santiago Sierra, OSA