Reflexión agustiniana

Escrito el 30/04/2022
Agustinos


Todo acaba bien y si no está bien es porque no ha acabado.

Todo acaba bien y si no está bien es porque no ha acabado. Me lo dijo un amigo, al cual respondí: Si todo acaba con la muerte, ¿cómo puede terminar bien? Y respondió: Porque el final no es la muerte sino la resurrección. Este tiempo de Pascua en que celebramos la victoria de Nuestro Señor Jesucristo sobre la muerte, nos alegramos porque muestra la meta feliz de vida a la que estamos llamados.

Es verdad que ello supone hacer por nuestra parte un ejercicio de fe en una vida más allá de la muerte y de esperanza de llegar a ella. Gran problema de nuestro tiempo es que las personas nos centramos más sobre nosotros mismos y reducimos la vida a un entorno controlado y confortable lo cual debilita y aniquila la fe y la esperanza en el más allá.

Pandemias, crisis económicas, guerras, desencanto de la política, injusticias manifiestas, etc., nos sacan de nuestra zona de confort y producen en nosotros desánimo, frustración y tristeza. Continuamente escuchamos noticias tristes de peleas, asesinatos, violencia contra mujeres, etc., pero se silencia el aumento de abortos y suicidios manifestación palmaria de una sociedad sin esperanza.

Ante estas funestas situaciones parece que Dios calla, pero Él ya nos ha dado la respuesta, precisamente en lo que hemos celebrado en estos días: pasión, muerte y resurrección de su Unigénito. Su respuesta no soluciona nuestros problemas actuales, muchas veces consecuencia de nuestros pecados, sino que responde con su solidaridad acompañándonos en nuestros problemas; sufriendo y muriendo con cada uno de nosotros para que podamos resucitar con Él.

Creer en Jesucristo es acoger su personal y viva presencia en nuestra vida, poniendo nuestra esperanza no en los bienes de este mundo que pasa, sino en la relación del que es Fiel y vive para siempre. Mientras caminamos por este mundo sabemos que caminamos por un valle de lágrimas que el orgullo humano desea olvidar y ocultar soñando un paraíso en la tierra. Grandes ideologías de un signo u otro han buscado este paraíso universal y feliz, imponiéndose a la voluntad y libertad de los seres humanos, pero cada intento ha sido frustrado, trayendo cada vez más sufrimiento y desolación.

Una vez más la guerra nos saca de la zona de confort y nos hace sentir las consecuencias de poner nuestra esperanza en el hombre, es decir, poner nuestra confianza solo en las capacidades del ser humano en lugar de ponerla en Dios. Solo cuando afirmamos nuestra vida y acción en Dios podremos caminar cantando y con alegre esperanza. San Agustín así lo experimentó en su vida y así se lo comunica a sus fieles de Hipona comentando el Salmo 123: “¿Qué cantan estos miembros de Cristo? Aman, y amando cantan; cantan deseando. Algunas veces cantan en la tribulación, otras cantan con regocijo, cuando cantan en esperanza. Nuestra tribulación tiene lugar en el mundo actual, nuestra esperanza se encamina al siglo futuro. Si la esperanza del siglo futuro no nos consolase en la tribulación del presente, pereceríamos. Luego todavía, hermanos, no poseemos nuestro gozo en la realidad, pero sí ya en esperanza. Nuestra esperanza es tan firme como si ya fuese realidad, pues no titubeamos dada la Verdad, que promete. La Verdad no puede engañar ni engañarse; nos conviene unirnos a ella; ella nos liberta si permanecemos en su palabra. Ahora creemos, más tarde veremos. Cuando creemos, se da la esperanza en este siglo; cuando veamos, se dará la realidad en el futuro, pues veremos cara a cara (1Co 13,12). Cuando tengamos purificados los corazones, entonces veremos cara a cara: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). Y ¿cómo se purifican si no es por la fe, conforme dice San Pedro en los Hechos de los Apóstoles: Limpiando con la fe sus corazones? (Hch 15,9). Luego por la fe se purifican nuestros corazones, para que puedan ser capaces de conseguir la visión. Ahora caminamos por la fe, no por la visión, según dice el Apóstol: Mientras vivimos en el cuerpo, peregrinamos hacia el Señor. ¿Y qué significa peregrinamos? Caminamos —dice— por la fe, no por la visión (2Co 5,6.7) Luego quien peregrina y camina por la fe, aún no se halla en la patria, pero ya está en el camino; sin embargo, el que no cree, no está en la patria ni en el camino. Caminemos hallándonos en el camino, puesto que el Rey de la patria es nuestro Señor Jesucristo. En ella es Verdad, aquí Camino. ¿Adónde vamos? A la Verdad. ¿Por dónde vamos? Por la fe. ¿Adónde vamos? A Cristo. ¿Por dónde vamos? Por Cristo, pues Él dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6). (San Agustín, Comentario a los Salmos 123, 2).

Pedro Luis Morais Antón, OSA