Reflexión agustiniana

Escrito el 24/09/2022
Agustinos


DEIFICACIÓN

Cuando Agustín habla de la deificación parece que la identifica con la adopción filial divina, de hecho, dice Agustín: “Pero la misma Escritura llama dioses a los hombres en el pueblo de Dios: Yo dije: sois dioses e hijos del Altísimo todos. Y así se puede entender como Dios de estos dioses el que fue llamado Soberano de todos los dioses” (La ciudad de Dios 9, 23, 1).

Parece que la deificación se refiera a un misterio, como es el de la participación en la naturaleza divina, es decir, participación trinitaria, dado que el Padre envía al hijo para que asuma nuestra muerte y así nos conceda su inmortalidad: “¿Por qué vosotros, mortales todavía, halláis vuestro deleite en cosas efímeras y os esforzáis por retener, si ello fuera posible, esta vida pasajera? En la tierra ha brillado una esperanza mucho más esplendorosa, hasta el punto de que a hombres terrenos se les promete una vida celestial.

Para que esto fuera creíble, Dios anticipó algo más increíble. Para hacer dioses a los que eran hombres, el que era Dios se hizo hombre; sin dejar de ser lo que era, quiso hacerse lo que había hecho. Él hizo lo que iba a ser, puesto que añadió la humanidad a la divinidad, sin perder la divinidad al tomar la humanidad” (Sermón 192, 1).

Por tanto, de lo que se trata no es de un mero retoque para restaurar la imagen de Dios en el hombre, sino de una verdadera recreación que realiza Dios mismo, que es la nueva vida en Cristo. Esta deificación en Agustín implica diversos elementos, como son la búsqueda de Dios como purificación, la imitación de Dios, que nos hace semejantes a Él, identificándonos con Él, deificándonos por Él. En este caso Agustín cita a Porfirio, que dice: “Porque Dios, como Padre de todos, no tiene necesidad de nadie; pero a nosotros sí que nos viene bien el adorarlo por medio de la justicia, de la castidad y demás virtudes, haciendo de nuestra propia vida una plegaria hacia Él a través de su búsqueda e imitación. La búsqueda, efectivamente -dice él-, purifica, y la imitación, al crear con su ejercicio una simpatía hacia Él, nos deifica” (La ciudad de Dios 19, 23, 4).

Santiago Sierra, OSA