Reflexión agustiniana

Escrito el 22/10/2022
Agustinos


La Eucaristía como sacrificio

El carácter memorial de la Misa actualiza y renueva la dimensión sacrificial  de la entrega de Jesús por amor al Padre y a los hermanos hasta  morir en la cruz. Esta acción actualizadora eucarística viene realizada por obra del Espíritu Santo. Como dice san Agustín: “La Eucaristía es sacrificio inefable por la acción del Espíritu Santo” (La Trinidad 3, 4, 10). Es sacrificio, en cuanto unidos en el Espíritu de Cristo, revivimos y actualizamos el gesto de amor total y salvador universal de Jesús, prefigurado en la última cena y culminado en la cruz. La pasión y muerte de Jesús no fue un acto litúrgico, realizado en el templo según las rúbricas en vigor, sino la ejecución de un condenado, junto con otros bandidos, fuera de las murallas de la ciudad. Muerte más profana sería impensable, y sin embargo, es el sacrificio agradable al Padre. Aún más, es el único sacrificio agradable al Padre y que acaba con todo el sistema de sacrificios hasta entonces vigente en la religión judía. Sencillamente, porque tal autodonación consciente, libre y por amor fue llevada a cabo por el Hijo en carne mortal. “Cristo, único Mediador, nos reconcilia con Dios Padre” (La Trinidad  4,14,19). El tema sacrificial se encuentra desarrollado por Agustín en el libro 10 de su obra La Ciudad de Dios, en el contexto de la adoración sólo debida a Dios, a través del culto de latría. El sacrificio de víctimas animales a Dios, antes de Cristo, tenía la misma orientación que los actos realizados por los cristianos: la intención de unirse a Dios por parte de los oferentes y en favor de los semejantes. Por eso, “el sacrificio visible es el sacramento o signo sagrado del sacrificio invisible” (La Ciudad de Dios 10, 5). Los sacrificios son símbolos del amor a Dios y al prójimo. “Sacrificio es, pues, – según san Agustín, –  todo acto encaminado a unirnos a Dios en santa comunión. Es decir, todo acto encaminado a aquel Bien final que hace posible nuestra verdadera felicidad” (La Ciudad de Dios 10, 6). Cristo hizo este ofrecimiento de sí mismo por nosotros en la cruz, y se ofreció él mismo “bajo la forma de Siervo” (Filipenses 2, 7), porque, en esta forma de Siervo, él es Mediador, Sacerdote y Sacrificio. ¿Cuál es el sacrificio que agrada a Dios? Es un corazón contrito y humillado (La Ciudad de Dios 10, 5). ¿Y qué es sacrificio? El hombre consagrado a Dios (La Ciudad de Dios 10, 6). Siendo la consagración de Cristo al Padre, el sacrificio definitivo (La Ciudad de Dios 19, 23, 5). Agustín demuestra en La Ciudad de Dios, que el sacrificio de Cristo en la Cruz es el verdadero sacrificio y explica cómo los cristianos se convierten en oblación cuando se ofrecen a sí mismos en la celebración eucarística. “Los verdaderos sacrificios son las obras de misericordia, realizadas para con nuestros hermanos, y orientadas hacia Dios. Pues, estas obras tienen como fin librarnos de la miseria y concedernos la felicidad, que se obtiene como dice el salmo: ‘Mi bien es estar junto al Señor’ (Salmo 72, 28). He aquí el sacrificio de los cristianos: lograr la unidad por la caridad. ‘Muchos formamos un solo Cuerpo en Cristo Jesús’” (La Ciudad de Dios 10, 6). La eucaristía, por la mediación de Cristo, es el acto único y total de la religión verdadera que asegura a la humanidad la felicidad, personal y comunitaria, en la unión con Dios.

De la Torre, R., La Eucaristía, vínculo de comunión. En FAE, Espiritualidad agustiniana