Reflexión agustiniana

Escrito el 29/10/2022
Agustinos


Un mundo sin Dios o con muchos dioses.

Nietzsche declaró la muerte de Dios a finales del siglo XIX. Con ello constataba el declive nuestra cultura occidental al eliminar su fundamento. Eliminar a Dios del horizonte humano significa destruir el asidero de los valores objetivos y, en consecuencia, el fundamento de toda autoridad dejando el valor de la realidad al criterio de cada individuo. Si no hay Dios, cada hombre se hace dios.

El ser humano endiosado se considera en el derecho de imponer su voluntad sobre toda la realidad; desde la determinación de su propia vida, hasta el dominio de sus semejantes, pasando por la manipulación de toda la naturaleza según sus criterios subjetivos. ¿Quién decide lo que es bueno o lo que es malo?

Sin ley universal que regule el sentido de la existencia, el ser humano legisla a su gusto y capricho imponiendo la ley del más fuerte, del que más votos o voluntades consiga sin importar los medios utilizados. Estamos viviendo las consecuencias de esta situación: crisis humanitarias y económicas; guerras; descredito de la política, de la justicia, de la autoridad de padres y profesores; hasta el descredito de la Iglesia consecuencia del pecado de sus miembros.

La narración del pecado de Adán y Eva presente en el libro del Génesis es una iluminación sobre el origen del mal. La Serpiente, encarnación del “Angel Caído” por su soberbia, tienta a los padres de la humanidad diciéndoles “No moriréis y el día en que comáis del árbol se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.” (Cf. Gn 3,4s.). El ser humano desea la autonomía de Dios para decidir según su voluntad lo bueno y lo malo. La soberbia de los ángeles y de los hombres les empuja a querer ser dioses, sin contar con Dios. La enfermedad de la soberbia es la raíz de todos los pecados porque aleja al ser humano del amor de Dios, daña su propia naturaleza y deteriora las relaciones de solidaridad: “La soberbia es gran malicia, la primera de todas, el principio y el origen, la causa de todos los pecados; ella derribó al ángel y le hizo diablo. Éste, derribado, dio a beber el cáliz de la soberbia al hombre, que aún se mantenía en pie; encaramó hasta la soberbia a quien fue hecho a imagen de Dios, ahora ya indigno, por soberbio. Tuvo envidia de él, y lo convenció para que despreciase la ley de Dios y disfrutase de su poder. ¿Y cómo lo convenció? Si coméis, les dijo, seréis como dioses. Ved, pues, si no fue la soberbia lo que los persuadió. Habiendo sido hecho hombre, quiso ser Dios; tomó lo que no era, y perdió lo que era; no que perdiera la naturaleza humana, sino que quedó privado de la felicidad presente y futura. Perdió aquello hacia lo que había de ser elevado, engañado por quien de allí había sido derribado.” (San Agustín, Sermón 340 A, 1).

Estamos llamados a ser como Dios, pero en Dios. La meta es elevada y un camino arduo que exige un ejercicio de superación y de amor confiados en el amor gratuito de Dios; pero, para sentirnos autorrealizados, abajamos las expectativas de nuestra vida acomodándolas a donde podamos llegar con nuestras fuerzas naturales, frustrando así nuestra verdadera vocación. En verdad el ser humano nace criatura animal, pero con capacidad de ser divino por el amor misericordioso del Padre. Esta meta no se alcanza con las solas fuerzas naturales. Si así fuese el ser humano podría salvarse a sí mismo y no necesitaría de un Salvador. Necesitamos ser primero amados y conscientes de ser amados, para poder responder al amor: “No existe nadie que no ame; pero hay que preguntar qué es lo que ama. Por tanto, no se nos invita a no amar, sino a elegir lo que vamos a amar. Pero ¿qué vamos a elegir, a no ser que antes seamos elegidos nosotros? De hecho, no amamos si antes no somos amados. […] Busca de dónde viene al hombre amar a Dios, y no hallarás otra razón que esta: porque Dios le amó antes. Aquel a quien hemos amado se entregó a sí mismo; nos dio con qué amarle. Oíd claramente de boca del apóstol Pablo lo que nos dio para que le amáramos: El amor de Dios -dice- se ha difundido en nuestros corazones. ¿De dónde? ¿De nosotros tal vez? No. ¿De dónde, pues? Por el Espíritu Santo que se nos ha dado. (San Agustín, Sermón 34, 2).

San Agustín nos muestra el remedio para la enfermedad de la soberbia: “Para que fuese curada la causa de todas las enfermedades descendió y se hizo de condición baja el Hijo de Dios. Hombre, ¿de qué te ensoberbeces? Dios se hizo de condición baja por ti. Quizá te daría vergüenza imitar a un hombre de condición baja; imita al menos al Dios de condición baja. Vino el Hijo de Dios en un hombre y se hizo de condición baja; se te preceptúa que seas humilde, no se te preceptúa que de hombre te hagas animal; Él, Dios, se hizo hombre; tú, hombre, conoce que eres hombre. Toda tu humildad es que te conozcas. Dios enseña la humildad diciendo: He venido no a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Esto es elogio de la humildad, mientras la soberbia hace su voluntad; la humildad hace la voluntad de Dios. Por eso, no echaré fuera quien venga a mí. ¿Por qué? Porque he venido no a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. He venido en condición baja; he venido a enseñar la humildad; he venido como maestro de humildad. Quien viene a mí se me incorpora; quien viene a mí es hecho humilde; quien se me adhiere será humilde porque no hace su voluntad, sino la de Dios, y no será echado fuera, precisamente porque, cuando era soberbio, estaba arrojado fuera.” (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 25, 16).

En otro episodio, San Agustín denuncia a los que confían en sus cualidades naturales, despreciando la humildad de Dios: “¡Oh sabiduría orgullosa! Te mofas de Cristo crucificado; es él a quien veías de lejos: En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios. Pero ¿por qué fue crucificado? Porque te era necesario el madero de su humildad, pues te habías hinchado de soberbia, habías sido arrojado lejos de aquella patria, el camino está interrumpido por el oleaje de este mundo y no hay por dónde se pase a la patria, si no te lleva el madero. ¡Ingrato! Te burlas del que ha venido a ti, para que regreses. Él se ha hecho camino, y esto por el mar. Anduvo en el mar precisamente para mostrar que en el mar hay camino. Pero tú, que no puedes andar en el mar como él, déjate llevar por la nave, déjate llevar por el madero: cree en el Crucificado y podrás llegar. Por ti ha sido crucificado, para enseñar humildad y porque, si viniera como Dios, no sería reconocido, ya que, si viniera como Dios, no vendría para esos que no podían ver a Dios. Por cierto, ya que está presente por doquier y ningún lugar lo contiene, no viene o se aleja en cuanto Dios. Entonces ¿cómo vino? Porque se presentó como hombre. (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 2, 4).

Pedro Luis Morais Antón, agustino.