Aspira a la vida eterna
Nuestra vida ahora es esperanza y se aspira a que sea eternidad: “Cantemos al Señor mientas vivimos. Por ahora nuestra vida es sólo esperanza; después será una realidad eterna: la vida de la vida mortal, es la esperanza de la vida inmortal... Cuando comencemos a alabar a Dios en aquella ciudad, no pensemos que habremos de hacer allí algo distinto: toda nuestra vida consistirá en alabar a Dios. Y si nos causase hastío aquello que alabamos, podría causárnoslo también nuestra alabanza. Pero si él es siempre amado, será también siempre alabado por nosotros” (Comentario al salmo 103, 4, 17).
Para nadie, y menos para el cristiano, la esperanza puede significar desentenderse de la realidad: “En cambio, los que blasfeman, los que buscan y codician bienes terrenos, los que ponen su esperanza en ellos, perdidos estos, quiéranlo o no, ¿qué tendrán? ¿Dónde quedarán? Con nada, ni fuera ni dentro; con el arca vacía y con el corazón más vacío todavía. ¿Dónde encontrarán el descanso? ¿Dónde la salvación y la esperanza? Vengan, pues, con nosotros; dejen de blasfemar, aprendan a adorar: coma la gallina los escorpiones que pican; conviértanse en cuerpo de quien los devora; ejercítense en la tierra, reciban la corona en el cielo” (Sermón 105, 10).
Aunque no seamos perfectos, lo importante es estar en el camino y no perder por nada del mundo la esperanza: “Lo que hay de imperfecto en mi cuerpo lo han visto tus ojos. ¿Y qué viene después? ¿Les queda alguna esperanza a los imperfectos? ¡Claro que sí! Oye lo que sigue: Y todos serán inscritos en tu libro. Pero, tal vez, hermanos, los espirituales suplican y son escuchados porque no son pecadores. ¿Qué hacen los carnales? ¿Qué hacen? ¿Perecerán? ¿No rogarán a Dios? ¡Ni pensarlo! Tráeme a aquel publicano. Acércate, publicano, acércate, ponte en el medio, muestra tu esperanza a fin de que no pierdan la esperanza los débiles” (Sermón 135, 6). Es cierto que, si Dios no escucha a los pecadores, lo menos que podemos pensar es que no nos queda esperanza alguna, desde un punto de vista humano, pero Dios tiene otro punto de vista que no es el nuestro: “Si Dios no escucha a los pecadores, ¿qué esperanza nos queda? Si Dios no escucha a los pecadores, ¿para qué oramos y damos testimonio de nuestro pecado con golpes de pecho? ¿Dónde queda en verdad aquel publicano que subió al templo con el fariseo y, a la vez que el fariseo se jactaba de sus méritos y los pregonaba, él, manteniéndose lejos de pie, con los ojos fijos en tierra y golpeándose el pecho, confesaba sus pecados? Y descendió del templo justificado él, más que el fariseo. Sin duda alguna, Dios escucha a los pecadores; pero el que hizo tal afirmación aún no había lavado la faz de su corazón en Siloé. Sobre sus ojos se había realizado previamente un rito sagrado, pero en su corazón aún no se había producido el beneficio de la gracia” (Sermón 136, 2).
Siempre hemos de preguntarnos lo que debemos hacer y Agustín parece que encuentra un camino a proponer y nos dice: “Para que no le haga perecer la desesperación, si, dado que pecó y gravemente, piensa que no puede ser curado, se entrega a las pasiones, se convierte en juguete de todas las malas apetencias, hace todo lo que le agrada, aunque no esté permitido, y si no lo hace es sólo por temor a los hombres. Pensando exactamente igual que un gladiador, que, al haber perdido, desde su conciencia de víctima, la esperanza de seguir viviendo, hace cuanto puede para saciar sus apetencias y su pasión. Esos perecen por haber perdido la esperanza. Contra estos hombres, pero en favor de ellos, esto es, contra ese razonar, la Escritura, vigilante, dijo: En cualquier día en que el impío se convierta y practique la justicia, me olvidaré de todas sus iniquidades. Si cree a estas palabras, el alma, como recreada al ser librada del mal de la desesperación, topa con otra fosa: la que no pudo perecer por desesperación, perece a causa de su esperanza. Pero ¿quién hay que perezca a causa de la esperanza? Ved que os propongo un ejemplo: el de aquel que dice en su interior: «Dios ha prometido ya el perdón a todos los que se aparten de sus pecados; independientemente de cuándo se conviertan, olvidará todas sus maldades; por tanto, haré lo que quiera; me convertiré cuando quiera y quedará borrado todo lo que haya hecho». ¿Qué decir? ¿Qué Dios no se cuida del arrepentido cuando se convierte? ¿Perdona Dios todos los pecados pasados? Si negamos esto vamos en contra del perdón divino” (Sermón 20, 3).
Santiago Sierra, OSA